viernes, 19 de abril de 2013

LA DAMA DEL MAR V



ANTERIORMENTE

Este muchacho, tan juicioso y honorable, que te quiere por esposa era nuestra última esperanza, Eugenia. Y mira por donde él mismo decide que lo mejor es que no haya boda. Pues apañados estamos con la juventud -se condolió Andrés Soto.
—Anda, calla, gruñón. Tómate el chocolate que se te enfría –rezongó la tía Fermina y volviéndose le ofreció la oportunidad de cambiar la situación, cómo sólo ella sabía hacerlo.
— Nita ¿por qué no le enseñas a Juan la terraza?, anda, hija mía, iros a dar un paseo y déjame a mí con estos cascarrabias. 


CAPITULO 5
Cuando Juan cerró tras de sí la puerta del salón, vehemente la atrajo hacia sí y la besó una y otra vez. A Eugenia aquella pasión desconocida la paralizó un instante y un segundo más tarde la sorprendió el ansia que aquel abrazo despertó en su cuerpo y las olas de placer que en sus entrañas se alzaban con cada roce de los labios de Juan.




Cuando después de una eternidad las ansias se apaciguaron. Cuando los pechos agitados acompasaron el ritmo, Eugenia se apartó suavemente, aquel abrazo estaba mal; pero no porque los arrastrase a territorios prohibidos sino porque si continuaban besándose sería incapaz de hacer y decir lo que tenía que hacer y decir; aunque ya no estaba tan segura de que su decisión fuera la correcta. Después de todo aquel hombre le era desconocido, olvidado por las sierras y en las emboscadas había quedado el Juan que ensoñaba como compañero de aventuras. Aquel era un hombre, con exigencias de hombre, con instintos de hombre, con amor de hombre que no aceptaría excusas ni mentiras. Un hombre que esperaba una respuesta y debía ser cierta, porque le iba la vida.

—Juan... 

Juan se resistía a soltarla y la atraía de nuevo hacia él ansioso.
—Sólo uno más, Eugenia. 

—No, Juan, aquí no —dijo escabulléndose de sus brazos y alejándose de la puerta del salón-. Vamos a la terraza.
Subían por la escalera, él detrás y en su rabia la empujó contra la pared dejando caer sobre ella el peso de su cuerpo. La boca mordiéndole el cuello. 

— ¿Por qué, por qué? 

— Juan, me haces daño –dijo sin rechazarle. 

— Lo siento –se disculpó apartándose-, no sé qué me pasa. 

Y como Eugenia continuara subiendo las escaleras la cogió por el brazo obligándola a mirarle cara a cara. 

— Escúchame...




Eugenia no quería oírle. La vista desde la terraza con las luces de las calles de Gibraltar brillando en la lejanía y  el sol ocultándose por la punta de Tarifa lograría que se olvidase de lo que había venido a decir y que tanto daño les haría por irremediable. Corrió para evitar sus brazos hasta la balaustrada de mármol. La brisa del mar la estremeció— Hermoso espectáculo ¿verdad?
— Sí,  muy hermoso.
Y quitándose la vieja casaca del uniforme de la Armada se la echó sobre los hombros. Luego apoyó los brazos en el antepecho y guardó silencio. Miraba hacia poniente donde un sol rojo parecía a punto de ahogarse en el mar. Un mar oscuro que se mecía suavemente con un arrullo. La marea comenzaba a subir y las barcas de los pescadores se acercaban al malecón con los faroles encendidos.
—No se parece a Ñora —dijo.
—Nada se parece a Ñora, Juan.
— Mira —dijo Juan señalando el cielo—, ya ha salido el lucero de la noche. Mira como brilla... A tus ojos les ha salido un competidor, Nita. Aunque no debe preocuparte. No te hará sombra, está demasiado lejos; en cambio a mí...
—¿Qué...? —preguntó acercándosele y al instante supo de su error, que debía haber callado, que con aquella pregunta le abría de par en par la puerta que hasta entonces habían evitado cruzar..., tuvo miedo y se estremeció. Él se dio cuenta y le echó el brazo por los hombros atrayéndola hacia su pecho.
—Ven, deja que te abrace, te protegeré del frío.



Cuántas veces había estado así entre sus brazos, cientos, tal vez miles. Eran acogedores, parecían hechos a la medida de su contorno, la abarcaban por completo y no sobraba nada. Y no se movió, siguió recostada contra su pecho porque no podría mirarle a los ojos. Porque de espaldas podía imaginar que seguían siendo dos capitanes piratas que hablaban de dominar los mares con su barco. Si por aquel entonces él le hubiera dicho que se casarían, ella se habría reído y le habría contestado que en ninguna crónica había noticia de que algún pirata, Barba Roja o Drake estuvieran casados. Pero no hubo ningún entonces, estaban allí y ahora, en Algeciras, en el año diez, en medio de la guerra con el futuro embargado.
— Éramos niños, Juan. Un juego… —dijo en voz alta siguiendo el derrotero de sus pensamientos—, no podías estar enamorado de mí — Cuando se giró para mirarle Juan aprovechó la oportunidad y le besó muy suavemente los labios, fue apenas un roce, el aleteo de una mariposa...



—¿Ah, no?, ¿y qué crees tú que es lo que yo sentía, lo que yo siento...? Dime, ¿qué muchacho que no amara con locura se enfrentaría a toda a una cuadrilla para lograr que una mocosa de nueve años llena de pecas y más seca que un palillo formara parte de su brigada de abordaje? ¿Quién crees tú que echaba al mar aquellas botellas con mensajes de tesoros? Dime que nunca sospechaste que era yo. ¿Por qué crees que me vine a la Escuela de Guardiamarinas en Cádiz? Dime ¿por qué crees que cuando me dieron mi primer nombramiento en lugar de irme a Méjico o a Perú y hacer una fortuna me enrolé en aquella maldita escuadra de La Coruña y me vine con el San Agustín hasta Cádiz? Dime...
— Nunca…, me has pedido…
— ¿Quién soy yo para hablar, qué tenía para ofrecerte..., qué tengo  para ofrecerte? –Y la vehemencia sólo estaba en su voz, su cuerpo y sus brazos seguían siendo los mismos brazos amables que la sostenían en sus caídas—. Lo que he dicho en el salón lo mantengo. No quiero que seas mi mujer por unos días o por unas noches... 
—Juan, por favor...



—No tengas miedo... El turbión ya pasó. Soy Juan, tu capitán pirata –la tranquilizó-. Pero esta noche, aquí déjame que te diga cómo te amo, porque te vas a embarcar y no volveré a verte. Calla…, déjame…, me lo debes, Eugenia. Si no te marchases callaría, esperaría a que terminase la guerra y entonces sí. Entonces vendría a por ti, asaltaría la casa si fuera preciso y nada me impediría llevarte conmigo. Ni aunque los hermanos Soto tuvieran todo el oro del mundo y yo no tuviera más que mi viejo sable para ponerlo a tus pies. Pero te vas, Eugenia, y no te volveré a ver. Es la guerra y hay muerte y sangre... y heridas. Nada es limpio y hermoso... A pesar de lo que me hayas oído decir ahí dentro, no hay honor en matar ni en morir. Eugenia mi honor y mi vida están en ti, y tú te vas, y no a Cádiz o a Inglaterra con miss Eileen, te vas a América y  no volverás jamás conmigo a Ñora.
— En dos años regresaremos..
— ¡Dos años, toda una vida, Eugenia! —su abrazo se cerró con más fuerza—. Lo sé. Calla… lo sé. En el fondo siempre lo he sabido. No me amas. Si me amaras no te irías.
—Claro que te quiero —protestó y volviéndose hacia él se alzó de puntillas y le rozó la boca con los labios.
Juan la estrechó contra su pecho y su lengua le entreabrió los labios y penetró en su boca dejándola sin aliento. La besó como si no hubiera otro tiempo que aquel tiempo, como si no hubiera más calor que el que se esparcía por su sangre por la fuerza de aquel beso. Y Eugenia se rindió.



—Te quiero —repitió cuando  la soltó y recuperó el aliento.
—Claro que me quieres… Como el niño que era, como el muchacho que te sacó a bailar por primera vez, como el amigo en quien confías. Pero ¿y al hombre que ahora soy? ¿Le amas, Eugenia? Te beso y no veo en tus ojos deseo. Y en el amor hay deseo, Eugenia, sin él no es amor.
—Eres injusto, Juan.
—Tal vez, pero no quiero ser tu novio, ni tu amigo —se defendió—. Quiero ser tu amante. Te arrancaría ahora mismo de esta casa y te llevaría conmigo a la sierra, Eugenia. Te cubriría con mi capa y te amaría hasta que saliese el sol y aún seguiría amándote cuando brillase en el cenit. Sí, ya sé, no puede ser. No eres una vivandera. Pero éste es el que soy ahora. Así es como te necesito —Y apartándose un poco, le preguntó—. ¿Vendrías conmigo, Eugenia?
— No te entiendo... ¿qué quieres de mí?
—Disculpa... —se alejó, su voz ronca hablaba de sus esfuerzos para serenarse—. Lo siento, lo siento, Nita… Nunca debí…. Pero es que me vuelve loco que te vayas tan lejos. Conocerás a otro hombre mejor que yo y lo querrás como…, da igual… —se resignó y desde la obscuridad Eugenia sintió como intentaba arrejuntar los trozos de su orgullo y deseó echarse en sus brazos y sorberle las lágrimas con la lengua. Lo deseó y en cambio no se movió. Le escuchó con los ojos fijos en el mar, sintiendo que aquel adiós le mataría— Cuando vine por primera vez a Algeciras y le pedí permiso a tu abuela para verte, me advirtió “Muchacho, mi nieta no está enamorada de ti” y recuerdo que le contesté muy ufano qué tampoco lo estabas de otro, así que aún tenía una oportunidad. Pero tu abuela era muy lista y quería protegerme, lo sé. ¿Sabes? Me contestó, que si ya no me amabas nunca me amarías y añadió algo que me ha ayudado en mi porfía todos estos años, o tal vez sólo pretendía ser amable después de haber sido tan sincera. Me dijo “Con lo que ya te quiere y con lo que tú la amas puede ser la mujer más feliz del mundo, si no conoce otro mundo, de ti depende muchacho”. Te conocía muy bien, Eugenia, si te vas, si encuentras la vida que siempre has soñado, nunca regresarás. No seré yo quien cubra tu cuerpo de besos ni quien te haga gritar de gozo. No seré jamás tu amante ni tu marido—terminó susurrándole.
— Juan, mi padre está enfermo, voy por ayudarle —se defendió—. Regresaré, Juan, regresaré y entonces nada ni nadie nos separará.



—Te vas porque quieres, Eugenia —la acusó decidido—. Porque aquí con tus tíos te ahogas —jamás había podido mentirle—. Te vas porque no me amas. Esa es la única verdad. Del capitán pirata te has olvidado ya, aunque finjas que soy yo y que aún te importo.
—Juan…, no —protestó.
Y el corazón del capitán pirata escuchó su protesta, porque Juan salió de las sombras, se le acercó y volvió a rodearla una vez más con sus brazos.
—¡Dios mío, estás llorando!, perdóname, Nita… mi Nita. No sé lo que me digo. Cómo puedo ser tan injusto contigo. Eres lo más quiero, y eso me vuelve loco —se le escapó un suspiro—Ya ha pasado —y era de nuevo el Juan conocido, el refugio seguro en las tormentas—. ¿Sabes a qué mundo querría arrastrarte? No te lo puedes imaginar. Hay que vivir en él para creerlo posible. Somos alimañas, y como un lobo me he comportado contigo —dijo dolorido—. Ese es ahora mi mundo, Nita. Y no me gustaría que fueras una de las mujeres que lo habitan, jamás… Dios como he podido ofenderte así.
— No me has ofendido.
Pero Juan no la escuchaba. Estaba muy lejos de Algeciras, a leguas de sus brazos. Perdido en su otra vida en la que Eugenia no tenía lugar.
— Nos arrastramos por trochas y sendas de víboras y comadrejas –decía con voz firme-, de piedra en piedra, de agujero en agujero. Vivimos como los murciélagos, escondidos en cuevas durante el día para por la noche, al resguardo de la oscuridad salir a matar gabachos, a por el botín y también por qué no, por mujeres. No sólo los franceses violan, Eugenia.
Se acercó a él y le puso un dedo sobre los labios.
—Calla.
Juan le cogió la mano, se la besó y guardándola junto a su corazón continuó la confesión de sus pecados.



—A veces hasta dejamos a alguno con vida francés o traidor, da lo mismo. Alguno que de regreso a los cuarteles o a los pueblos vendidos lleve por siempre nuestro terror en la sangre, y así la fama crece y con ella el miedo y con él la victoria. Así es como luchamos en las partidas, Eugenia. Esa es la verdad, lo que oigas de honor y gloria es mentira. Que no te engañen. Ningún honor hay en abrir las entrañas a un hombre bajo una carrasca a la luz de la luna o en forzar a una mujer, a veces una chiquilla, porque saludó a un francés o en pegar el tiro de gracia a un pobre desgraciado, al que el emperador ha mandado a esta irredenta tierra a morir y al que antes han golpeado atado a la rueda de un carro o descoyuntado entre dos caballos.



—Déjalo, Juan, vente a Cádiz, regresa a la Armada o únete a las tropas que defienden la ciudad, pero deja la partida… —le pidió asustada por la crueldad y amargura que exhalaban sus palabras.
 — Nadie puede abandonar la partida, Eugenia. Nadie puede. Cada uno desempeña en ella el trabajo para el que mejor está preparado. Manda el que mejores resultados logra, obedece el que sólo sabe rebanar pescuezos y espía el que es artero y bribón. Hay mujeres, no las vivanderas, no... Mujeres de pelo en pecho y navaja en la faltriquera, que bajan algunas noches a los pueblos ocupados, se citan con el gabacho y cuando están en el acto les rebanan sus partes y niños... sí, también niños que aún con el moco en la puerta y los ojos pitarrosos ven y oyen lo que ningún hombre puede oír porque reptan como serpientes y siembran de venenos los pajares o sus pozos. No puedo decirte cual es mi oficio..., Eugenia, me odiarías y eso no lo soportaría pero sepas que para conseguir ser uno de ellos sólo tienes que hacer una cosa. Matar gabachos y cuanto más cruelmente más te aprecian y a mí me adoran. No necesitas ser valiente ni estar dispuesto a morir por el Rey y la Patria, eso son mezquindades de los soldados de morrión, botas y uniforme. En una partida no te aceptan si eres cobarde pero lo mismo les vales si matas a diez a sablazo limpio que si cuelgas a uno de un chaparro y lo desuellas vivo. Todo se reduce a matar y a evitar que te mueran. Sabes, desde que estoy con ellos estoy tan vivo, que cada minuto lo disfruto como si fuese el último. Por eso he venido, porque te quiero a mi lado, porque me quiero dentro de ti —Juan hizo una pausa, luego le cogió la barbilla y le alzó la cara para bañarse en sus ojos-. Me duele en el alma que te vayas, Eugenia, pero lo soportaré. Lo que nunca soportaría sería tu odio o que esos ojos tan dulces me miraran avergonzados. Y si estuvieses ahora conmigo sería lo que ocurriría. Vete –le concedió en un susurro—. Es lo mejor.