lunes, 1 de abril de 2013

LA DAMA DEL MAR IV


ANTERIORMENTE
Los sueños de Eugenia rotos, tan rotos como las aplicaciones del encaje de Valenciennes del vestido que estrenara para el baile de Capitanía.  La vida se había encargado de convertirlos en pesadillas. Soñó que se casaría y sería libre y llegó Trafalgar y Juan por poco muere en el San Agustín. “¡Oh Dios, Juan!, ¿dónde estás?”, se preguntó. Tendría que haber vivido rodeada de seguridad, los tíos, su padre y su marido como si la tierra no girase y llegaron los franceses, Napoleón y sus ambiciones y España ya no fue nada más que un inmenso campo de batalla. Juan que se marcha de nuevo a luchar, esta vez lejos de la Armada, a una “partida”, con los guerrilleros. Y su padre que decide regresar a América... 

          Sueños, sueños rotos… como el vestido… como un jirón de niebla en lucha contra el viento. 

CAPÍTULO 4



Y no tenía por qué haber sido así. No, si no hubiese luchado contra el destino, si no se hubiese empeñado en pensar, en decidir. La tarde de la  despedida, en la que sus deseos se impusieron a la razón la atormentó durante los atardeceres en el Magallanes, conforme se alejaba de las costas españolas llegó a resultarle más y más odiosa, conforme se le difuminaban los rostros entre la espuma del agua más deseaba olvidar los silencios y las palabras dichas, demasiadas para esperar un regreso. Un imposible.
— Las partidas son la respuesta del pueblo a la invasión —decía orgulloso Juan, y ante ese orgullo el suyo preterido reaccionó—. La nación se muere, doctor Antúnez —y se dirigía a su padre, ansioso tal vez de un reconocimiento del viejo científico, pero no. Ella le conocía, era orgullo, el maldito orgullo del soldado, del hombre en armado— y es el pueblo, ejércitos espontáneos arrancados por la fuerza del viento de la marea de la tierra, quien se levanta. Es Viriato contra los romanos —insistía con el mismo entusiasmo que cuando era niño le explicaba la batalla de la Punta del Morro donde sus abuelos y otros españoles murieron defendiendo la Habana de los piratas de la pérfida Albión—, en cada escarpadura una trampa, en cada desfiladero una emboscada —sí, una trampa, una trampa era la que la retenía a ella, atada a unas faldas, a una mesa camilla, a unas devociones y a unos ancianos que la ahogaban. Cuanto más lo miraba más se enrabietaba por dentro, cómo podía olvidarla, la conocía—. No lo dude ni un instante, doctor, acabaremos con todos, cien o doscientos mil que nos mande el corso, ¿qué más da? —displicente como buen capitán. Su capitán pirata que jugándose la vida si caía en manos de los franceses que ocupaban ya toda Andalucía había venido a buscarla a Algeciras para llevarla con él, para arrastrarla a la lucha, ella era pueblo también. Pero aunque era Juan, ya no era su Juan. Y le escuchaba y sus palabras la herían y sólo buscaba a la reciproca herirle, que supiera que no la vencía.
— ¿De uno en uno? —Pregunto maliciosa, ajena al gesto de sorpresa, a la mirada contrita— nos haremos todos viejos, antes de que vuelvan a Francia.



— No te burles, Eugenia —protestó—. En estos tiempos de traición es cuando más debemos estar unidos. Si resistimos juntos, venceremos, si disentimos y nos enfrentamos, perecemos. Nos va la vida y la patria— Y aunque sus ojos seguían siendo los que la acariciaban en cada mirada, ella ya no podía verle, no como su capitán pirata, las ausencias le habían devuelto irreconocible, las derrotas lo habían disfrazado de hombre.
En el cuello le latía una vena desconocida, tanto como su rostro enjuto de cerrada barba entreverada de canas. Del rostro juvenil del guardiamarina, del noble del alférez ya nada quedaba, ahora, aunque la educación la suavizaba, había en él una orgullosa fiereza que al principio la desconcertó. Cuando se atrevió a mirarse en aquellos ojos tan hundidos y oscuros ya no encontró las chispas de malicia de antaño, sólo el familiar pozo de tristeza que en ellos habitaba, por eso se rebeló, no encontró el amor que su boca pregonaba. Aunque se fingiese el de siempre, aquel Juan era un desconocido, un hombre sin sueños, que no la quería. Y no lo soportó.
Desde el principio fue un error. La tía Fermina había sido inmisericorde, en cuanto le anunciaron mandó abrir los grandes ventanales de la plaza y quitar las fundas de estopilla a los sillones de seda y las mesas de caoba del gran salón de recibir, el que no se había abierto desde el velatorio de la abuela.

—Es tu novio —insistió—, ¿Pretendes acaso recibirlo en la cocina? Eso no ocurrirá, no mientras sea yo quien gobierne esta casa. No te das cuenta, chiquilla, que ya no eres una niña —la engatusaba—. Que vea de cuantos lujos dispones, así sabrá los que tiene que procurarte.
Y allí habían terminado los tres, Juan, su padre y ella, manteniendo una discusión peligrosa. No había sido esa su intención. Nada más verle entrar en el lujoso salón a Eugenia el viejo amor la golpeó, parecía tan viejo, se le veía tan cansado…
— Claro que lo entiendo —no le mentía, lo entendía, lo entendía como pirata, como viejo compañero de batallas, no como Eugenia, nunca como la mujer que se había estremecido entre sus brazos con su primer beso. Pero eran superiores sus ansias de hacerle ver lo equivocado de su decisión que sus intenciones de mimarlo—, eres un oficial de la Armada, lucha en el mar,  ¿qué se te ha perdido a ti en la sierra? ¿Serás una alimaña más como esas de las que te alimentas? –le preguntó harta de que no comprendiera—. No sé del daño que le hacéis a los franceses, pero la gente de la sierra que baja a Algeciras está asustada. Dicen que por donde pasan las partidas la tierra queda yerma, que queman las casas, arrasan cosechas, fuerzan mujeres, roban la harina, el pan y luego matan. ¿Eso es lo que quieres hacer, Juan?
Y para su sorpresa no lo negó, ni siquiera se ofendió.
— Tú no lo entiendes –dijo, una vez más intentando ocultar el deje displicente—. En una guerra todo el mundo sufre, Eugenia. Pero lo que importa es que les estamos venciendo.
— Si tú lo dices —respondió sarcástica, sin desviarle la mirada—. Aunque los franceses están en Sevilla y en una semana llegarán a Cádiz.
 Y nada más pronunciarlas supo del error. No tenía derecho a cuestionarle su fe en la gente y en su guerra, él luchaba, llevaba haciéndolo desde los quince años.



— No culpes a las partidas del desastre —dijo sin acritud—. Ha sido el ejército del rey el vencido. Los batallones, los regimientos de generales bonitos los que han huido en desbandada. Se rindieron en Ocaña, en Despeñaperros, huyeron en Almadén y Sierra Morena. La única defensa contra los franceses que le queda a España son las partidas y el ejército de Alburquerque, si es que ha logrado entrar en Cádiz.
— Tú estuviste en Ocaña —añadió la ofensa, dolía el abandono.
— Tal vez sean un ejército espontáneo como dices. Yo lo único que veo es gente vengando rencillas personales, hijo. Venganza y envidia, esas son las noticias que aquí llegan de tus famosas partidas, Juan.
Y entonces fue su padre quién cometió el error. Su padre, dueña silenciosa hasta entonces, tuvo que inmiscuirse en la discusión. Convertir en política lo que sólo era una riña de amantes, ¿pero qué sabía él? Después de todo sólo había convivido con su mujer tres años en junto. Siempre embarcado, siempre huyendo. Todos los hombres huyen, decía la abuela Inés. A ninguno le gusta la mesa camilla, salvo a mi hermano Andrés —añadía orgullosa de su diferencia.
— Venganzas las hay en todas las guerras,  el pueblo guardaba mucho rencor, doctor, pero las partidas son lo único, insisto, lo único que nos queda para vencer a los franceses  ¿no lo entiende?
¿Entender?  Claro que lo entendía decía la sonrisa benévola que se le escapaba, también que el hombre que tenía enfrente era demasiado joven para comprender la realidad que lo zarandeaba como a un vilano.
— Eres joven, te hierve la sangre y quieres luchar por España, expulsar al odiado enemigo, puedo entenderlo, si los jóvenes no lucháis no sé qué otra cosa haréis en la vida. Sólo digo, que dudo que sea bueno para el futuro lo que está ocurriendo. ¿Quién se levanta en armas, dime? —y como Juan intentara contestarle se lo impidió con un ademán de la mano, su padre... tan  tan intransigente a veces… —Permíteme, tú dices que el pueblo. Yo digo, el pueblo soliviantado por los curas. Este pueblo, muchacho, sólo se levanta cuando lo ordenan sus amos. Y esos siempre han sido los mismos. El pueblo en el que tú crees se le ha gobernado siempre desde el púlpito. Los sayones negros le han dicho lo que estaba bien y lo que estaba mal, le marcaban el camino y a la vera, vigilando las desviaciones, el familiar de la Inquisición, uno en cada ciudad, con delatores y espías en cada pueblo. Juan, ese pueblo que según tú lucha por su libertad, sigue teniendo puestas las anteojeras.  ¿Qué ocurrirá cuando la guerra acabe...? ¿Seguirán los oficios viles, las tierras baldías, el hambre, los arrendamientos abusivos, la enfermedad y la ignorancia?
— Sé que es usted un patriota, que ha dado su vida y su salud por la patria, pero le juro que oyéndole parece que quisiera que nos mandase el “Pepe Botella” —le recriminó olvidándola. ¿La había tenido alguna vez presente?, se preguntó y ella misma se respondió, no, no, no.
—Sé lo que quiero, Juan. Una España laboriosa, libre y educada. Y tal vez, si, tal vez con los franceses nos fuese un poco mejor. Porque lo que es gobernándonos nosotros mismos no parece que nos vaya muy bien, ni con Austrias ni con Borbones.

— Pronto se ha olvidado de Trafalgar y del cobarde de Villeneuve. Estuve allí, doctor, fueron los franceses los culpables de la derrota.
— No he olvidado nada, ¿y tú? ¿Recuerdas cual era el estado de nuestra flota? Si el mando lo hubiera desempeñado Gravina el resultado hubiera sido el mismo. Barcos pesados, de más de cien cañones, de escasa capacidad de maniobra y menos preparación artillera; con valientes oficiales, muy valientes y con una marinería inadecuada, borrachos, perezosos, inútiles, a los que sólo el terror al látigo movía, dispuestos a desertar al mínimo descuido. Tú eras alférez en el San Agustín ¿cuántas prácticas con cañones hacíais a la semana? Yo te lo diré. Ninguna. Las tripulaciones de la flota de Trafalgar no sabían disparar un cañón, ni mucho menos disparar y maniobrar al mismo tiempo. Llevo en la Armada muchos años, Juan, más que tienes tú. Les he curado heridas de metralla, de fusil, de picas; pero de lo que más me he encargado ha sido de la sífilis, la gonorrea, el cólera y el tifus. Enfermedades que con unas mínimas medidas de higiene nunca hubieran contraído. No sabes la de memorando a los capitanes, a los Almirantes, al Cirujano Jefe de la Armada que he presentado, nadie me hizo jamás caso. Sí, la derrota de Trafalgar con ser terrible, vino a poner las cosas en su sitio. El espejo en que mirarnos.
—Doctor, voy a olvidar lo que dice, aunque debe tener cuidado dónde manifiesta esa opinión. Cualquiera que le oyera le tacharía de afrancesado.



— ¡Ah, claro!, traidor, afrancesado, masón. El amor a la ciencia, a la verdad, a la filosofía supone traición. ¡Pobre España si a quien piensa en mejorarla se le considera traidor. ¿Y qué son los otros? ¿Esos viejos e inválidos que se santiguan antes de rascar la tierra en busca de raíces con que engañar el hambre? ¿Los muchachos que en las encrucijadas mendigan un mendrugo y asaltan al buen samaritano que se lo alcanza? ¿Qué las ancianas legañosas y míseras, resecas como sarmientos que rezan las oraciones para deshacer el mal de ojo? ¿O las que con cocimientos de hierbas y agujas malparen vírgenes? ¿Y las muchachas en flor que con afeites y melindres roban maridos? ¿Y los maridos que maltratan a sus mujeres porque no está la cena y a los padres ricos y pobres que catan a sus hijas porque para qué las alimentan si no pueden disfrutar de ellas? Todos, Juan, todos tenemos nuestra cuota de culpa en este desastre.
—No ha mencionado a los famosos ilustrados que se embolsaban los reales para construir barcos, ni del Príncipe de la Paz, que Dios maldiga por siempre, que nos vendió al francés por un principado, ni a la bruja de María Luisa, ni al manso de Carlos, ni al bastardo de Fernando.
—Sí, los he nombrado. Los que mandan no son distintos de los que son mandados. Tal vez sea la tierra la que convierte a los hombres en pobres de espíritu, holgazanes, flojos,  apáticos, perniciosos hasta para ellos mismos. Tal vez ninguno tengamos la culpa ni de lo que somos ni de lo que hacemos.
Y en esas batallas andaban cuando entró en la sala el tío Andrés, tan contento y campechano como siempre, tan indiscreto.



 — ¡Pero si está aquí el pretendiente! —soltó al entrar a modo de saludo— ¿Vienes a llevártela
Y Eugenia se ruborizó, ¿novios? ¿Novios por un beso? En realidad Juan nunca le había hablado de boda. Aunque su presencia aquella tarde en principio le había hecho albergar la esperanza de que por fin lo hiciera. No tenía que condesárselo, había sido la tía Fermina quien le había mandado recado para que acudiera, la anciana desplegaba todas sus mañas de casamentera para impedirle que se marchara a América. Y había resultado un fracaso. Si se hubieran encontrado en la Alameda o en el río habrían estado solos. Él le habría contado sus aventuras como si fueran un juego, ella le habría regañado por exponerse tanto y al final se habrían reído juntos, se habrían mojado los pies, se habrían perseguido y se habrían abrazado...como cuando vivían en Ñora…, como cuando el futuro era un lugar seguro.
Pero no, Juan insistía en hacerlo todo como debía de hacerse. Y además estaba el luto, odiaba llevar vestidos negros, las ventanas cerradas a cal y canto, los musiteos de oraciones por los rincones. La abuela estaba muerta y ella se ahogaba en la casa de la Plaza Alta. Ni el regreso de su padre de América la había liberado. Y había deseado, había soñado con que si se casaban todo cambiaría, navegarían juntos, volverían a Ñora. La invasión lo había dejado todo en suspenso y la enfermedad de su padre y su decisión de acompañar una vez más al doctor Balmis en su nueva expedición le daba otra oportunidad de escapar de las ventanas cerradas para que no entrase la muerte, de los muebles envueltos en blancos sudarios.
Todo había sido un malentendido. —¿Armas? —decía Juan—, todas las que queramos. Escopetas, trabucos y buenas navajas de Albacete, de esas facas de medio brazo de hoja, que parecen alfanjes. De instrucción y tácticas nadie sabe —añadió—, ni falta que hace. Se le echan redaños y francés que se queda solo, o avanzadilla a la que se le echa el ojo, almas que van al infierno. A veces ni las carnes magras quedan, porque de los franceses, como del cerdo, todo se aprovecha, el uniforme, las botas, el chacó, las balas, la espada y hasta los calzoncillos.
Eugenia le vio llevarse la mano a la cadera, y lo supo a pesar de su orgullo de guerrillero echaba de menos su sable, el que le entregaran junto su nombramiento como oficial de la Armada, ¡estaba tan orgulloso cuando viajó a Algeciras para enseñárselo.
—¡Ay, calla, calla, muchacho!, no sigas con esas barbaridades que me desmayo —le pidió la tía Fermina.



— No es de nosotros de los que debe tener miedo, señora Soto. Los hombres de las partidas somos el pueblo en armas y estamos para protegerles. Seremos hoscos, un poco salvajes, si quiere, pero nunca traicioneros. En la partida no hay tregua, doña Fermina. El trabajo es continuo, bien diferente al del ejército y no digamos a la Armada donde lo propio es la demora y la desidia. En una partida cuando uno no está tirando del trabuco o pistola es porque tiene encima al francés y entonces hay que tirar de faca. Y si no, a vigilar, a espiar, a preparar celadas, a enredar en sus comunicaciones, a robar sus transportes a repartir entre los vecinos de los pueblos los botines que les confiscamos.
 —Dirás que les devolvéis a los paisanos lo que los franceses les arrebataron—le cortó el tío Andrés—. Y por supuesto previo pago del correspondiente flete.
— Ténganos en mejor consideración —le pidió Juan y en la boca se le dibujó un rictus torcido que simulaba una sonrisa—, traemos en jaque a casi cien mil franceses ¿le parece poco?
—Si huir delante de los franceses es salvar a España… Desde lo de Ocaña, nuestros ejércitos no han hecho más que retroceder, y sino es así, dime, ¿cómo es que ya los tenemos en Sevilla, en Jerez... y lo más probable es que a estas horas estén en Cádiz? Eso sí, sois los únicos que salváis el honor de la Nación, hijo. Cuando la guerra acabe algún día, nos vamos a encontrar con un problema de cabida. No habrá país donde colgar tanto honor. A no ser que ganen los otros, los del “botella” y en este caso..., ¡pues también, joder!, que entre ellos también hay hombres de honor. Vamos a tener tanto honor que algunos tendrán que bajarse a Berbería porque aquí no cabremos... Aunque sí los franceses siguen deshonrando mozas del pueblo, tal vez, dentro de unos años, tengamos una nueva raza de hijos de puta a los que el honor les importe un pito. Y hasta es posible que no haya oficios viles y nos volvamos como los ingleses con fábricas y artesanos, con carpinteros y mineros como le gusta aquí a mi sobrino Antúnez. Por cierto ¿cuándo embarcáis?
—Parece que aún no hay fecha cierta para hacernos a la vela.
— Entonces es cierto, ¿se van a América? —preguntó Juan, mirándola a ella-, ¿tú también?
—Es lo mejor —se adelantó su padre en la respuesta—. En el estado en que están por aquí las cosas es mejor que Nita se venga conmigo, en Nueva España estará a salvo.
Y Juan empalideció al oírle, tragó saliva y respiró profundamente como si necesitase hacer acopio de fuerzas para hablar —Si no hubiera guerra… —empezó diciendo y a Eugenia el corazón se le aceleró, para luego casi detenérsele cuando dijo—. Sí, Eugenia está mejor con su padre que malcasada con un hombre que la abandonaría en la noche de bodas para irse a la guerra…



— Ya, ya, está bien -el tío Andrés acudió en su ayuda-. Estos no son días de boda. Cuando echemos a los franceses tendremos tiempos de celebraciones. Aunque mi opinión, por si a alguien le interesa, es que Nita no debe salir de esta casa. Ya sé, Antúnez —dijo dirigiéndose al doctor—, ya sé que es idea de la muchacha y no tuya aunque eso te lo calles, pero la conozco que para eso te la hemos criado. Es tan tozuda como mi hermana Inés y nadie le va a hacer cambiar de opinión como no fuera este mozo... y parece que ya no contamos con su colaboración. Pero quiero que sepas, sobrina, que aunque no sepa empuñar un sable sí sé montar una pistola y disparar un trabuco. Si te quedas con nosotros ningún mal te ocurrirá ni de los franceses ni de los ingleses. ¡Será por amigos...!, si algo hemos sabido hacer bien los Soto ha sido hacer amistades de toda clase y condición. Mira, Juan, mi hermano Pablo íntimo de los moros de Tánger y Orán; yo, uña y carne con los perros de Gibraltar y con el General Castaños; mi hermano Juan José con el gobernador militar de Cádiz—enumeró—. Y todos dispuestos a disposición de nuestra niña. Y ella..., que se nos va América... ¿A caso no hay más peligro en el mar que en esta casa que es como un castillo?
—Andrés... calla —le pidió su mujer.
—Sí, claro, yo me calló, a los viejos ni siquiera se nos permite hablar, pero tengo razón. Este muchacho, tan juicioso y honorable, que te quiere por esposa era nuestra última esperanza, Eugenia. Y mira por donde él mismo decide que lo mejor es que no haya boda. Pues apañados estamos con la juventud.
—Anda, calla, gruñón. Tómate el chocolate que se te enfría –rezongó la tía Fermina y volviéndose a ella le ofreció la oportunidad de cambiar la situación, cómo sólo ella sabía hacerlo.
— Nita ¿por qué no le enseñas a Juan la terraza?, anda, hija mía, iros a dar un paseo y déjame a mí con estos cascarrabias.