domingo, 20 de abril de 2014

BONES (FAN-FICCIÓN) La Antropóloga, el Agente y la Presidenta V

CAPÍTULO V
LA VENGANZA DE "LA MANO DE DIOS"
(Anteriormente)



Cómo luego repitiera hasta la saciedad el agente Charlie, aquella mañana no le extrañó tanto que Booth no convocara una reunión para tratar la fuga de Broadsky, la renegada “Mano de Dios” del corredor de la muerte, como que le pidiera que le llevase su expediente. ¿Para qué lo quería? Conocía de memoria lo que en aquellas páginas se decía, la mayoría las había escrito él. “¿No le extrañó, le pareció normal?”Maldita sea, ¿qué querían que hiciera, que saliese él solo a buscarlo?”, estalló, cansado, ante la insistencia del agente de asuntos internos. “La cagaron otros. Un preso fugado de una prisión federal es incumbencia de la policía judicial, no del FBI, Broadsky ya no era su problema”, insistió leal.
— ¿Qué hizo el agente Booth, Charlie? —repitió calmo el agente al mando obviando su exabrupto.
Y Charlie pensando que en nada le beneficiaria ni a él ni a Booth ponerlos en su contra, comenzó, una vez más, a contar lo que aquella mañana había presenciado. 


Cuando le llevó el expediente Booth no lo abrió de inmediato. Se tomó un tiempo, como si tuviera que ordenar las ideas antes de hacerlo. Como no había llamado al doctor Sweets, dio por hecho que Booth aceptaba sin reservas que los marshals le dejaran fuera de la persecución. Con la mano sobre el expediente estuvo un rato ensimismado, como si le costara decidir cuál sería la línea de acción más adecuada. Luego lo abrió y lo hojeó despacio, sin detenerse en ningún documento en concreto, como quien busca algo determinado, una palabra, una foto, sabe dónde encontrarlo y no tiene prisa por llegar.  



Un cuarto de hora más tarde lo devolvió, ordenó los papeles sobre el escritorio muy pulcramente, a la derecha lo pendiente, a la izquierda los expedientes conclusos, listos para el archivo. Estaba muy tranquilo. Cuando terminó le dio un capirotazo al bobby tentetieso que le habían regalado en Scotland Yard, se levantó, cogió el balón de fútbol, fintó frente a la foto de Dillinger, el enemigo público número uno, y lo lanzó con un gancho suave a la papelera. 
Charlie pensó que se encontraba en stand by, a la espera de los acontecimientos. Luego sonó su teléfono, “Booth” dijo, escuchó en silencio medio minuto escaso y colgó sin decir nada más. No pareció sorprendido por la llamada, ni enfadado, ni siquiera molesto. Recogió su chaqueta del respaldo del sillón y ya en la puerta retrocedió, como si se avergonzase de la niñería que había hecho antes, se acercó a la papelera, recogió el balón y lo colocó en su sitio. Por unos instantes miró la foto que de sus hijos tenía encima del archivador, volvió al escritorio, abrió un cajón, sacó un sobre blanco, lo colocó en el espacio vacío del centro de la mesa y sin más salió del despacho. Tranquilo. Muy tranquilo.
— ¿Abrió usted el sobre?
— ¿Yo? ¿Por quién me ha tomado usted, agente? —protestó muy enfadado, convencido de que no le creían, de que de alguna manera insidiosa pretendían convertirlo en cómplice de la patraña que habían urdido. 


Conocía a Booth desde hacía  más de diez años y se equivocaba el de Ciencias del Comportamiento. Booth no se vestía por las mañanas con la personalidad de un hombre de bien como quién viste un traje de  cinco mil dólares. Booth era un hombre de bien que nunca vistió un traje de cinco mil dólares ni siquiera cuando se casó con la doctora Brennan, buenos sí, de buen corte también, pero no de cinco mil dólares. Y aunque nunca juraría que lo hizo echó de menos al doctor Sweets, con su jerga psiquiátrica podía haber dejado sin palabras al de Quantico. El doctor sabría que Booth no había explotado, que había superado su pasado de francotirador. Pero ni el doctor, ni siquiera su gran amiga miss Julian, la fiscal, aparecieron aquella mañana por la cuarta plata.
— ¿No le dijo dónde iba, agente, no le comentó la llamada? —preguntaba y preguntaba el inquisidor. 


Pero Charlie guardó silencio. En realidad creía que Booth se dirigía a un punto secreto de encuentro, que la llamada era del propio Broadsky,  y que entre ellos iba a haber un duelo al puro estilo del O.K. Corral. Por eso se atrevió a entrar en el despacho y coger el sobre blanco. Sí, lo había cogido y no pudo evitar un estremecimiento cuando vio que se trataba del testamento y si algo se reprochaba a sí mismo era no haber salido corriendo tras él, tratar de detenerlo. Sabía de sobra que no lo habría conseguido. Que tampoco Booth hubiera consentido que le acompañara.
Ni por un instante dudó de que el enfrentamiento se había producido. Y aunque el agente al mando de la investigación interna le hizo escuchar el audio, aunque oyó a la mujer amenazándole, Charlie, incrédulo, siguió negando la evidencia. No, No podía ser. Alguien había manipulado los registros. Booth era incapaz de hacer lo que decían que había hecho. Y no hubo manera de convencerlo.


Le hubiera gustado hablar con la doctora Brennan, tentado estuvo más de una vez de acercarse a su casa y explicarle que se trataba de un maldito embuste, pero no tuvo oportunidad. En el momento álgido del asunto, cuando todos los medios abrían con la noticia los telediarios, cuando la foto de Booth acaparaba las portadas de los periódicos, la doctora y su hija desaparecieron. Alguien le dijo que había renunciado a su puesto en el Jeffersonian. Charlie esperó un tiempo prudencial a que todo se olvidase y buscó a miss Julian, ella entendería sus reticencias sobre el informe oficial, pero no la encontró, tampoco al doctor Sweets. De pronto todo el mundo que había tenido trato con Booth desapareció. Charlie también lo hizo al cabo de seis meses. Entregó su placa y su pistola y se compró una granja en Iowa.
Aunque de vez en cuando, sobre todo en las noches de verano en que sentado en el porche contemplaba el cielo estrellado, no dejaba de culparse; tal vez si al ver el testamento hubiera corrido a detenerle aún seguirían juntos resolviendo crímenes, deteniendo a los malos. Echaba tanto de menos a Booth. ¡¡Maldita sea!!, clamaba al cielo, ¿por qué tuvo que acudir solo a la cita?

Cuando Booth salió del edificio Hoover la niebla que ocultaba las calles lo engulló, convirtiendo la que resultaría su última marcha en algo íntimo, privado. Ni necesitaba ayudantes ni quería testigos.

Le había sorprendió la dirección del encuentro, Gaithersburg nada menos, en pleno condado de Montgomery, donde más millonarios vivían por metro cuadrado; aquella prosperidad no casaba muy bien con la nueva vida de ansiedades Hannah. Hacía un mes aún  vivía en un hotel de la calle Pensilvania, del lado equivocado de la avenida Pensilvania. Aquel vecindario era bien diferente. Sería su último encuentro, dijera lo que dijera Bones, no estaba dispuesto a salir corriendo cada vez que un mal viaje la pusiera nostálgica. Hannah ya no significaba nada en su vida, sólo le estaba agradecido por darle su amor cuando más necesitado estaba. 


Mientras habían estado juntos la había amado y le había sido fiel, al menos conscientemente, de sus sueños Bones siempre fue su dueña. Lo había sido desde que la besó por primera vez en la puerta del villar. Aquel beso bajo la lluvia le cambió la vida. Le enderezó el rumbo obligándole a abandonar el juego, porque quién busca retos mierdas cuando tiene frente así la conquista de la mujer más hermosa y más inteligente de la tierra. Por eso acabaron como acabaron en cuanto Bones reconoció su error. Su elección llevaba más de seis años hecha.


Fue su instinto el que en una noche de borrachera le decidió a pedirle matrimonio. El chico, sólo fue su instrumento. Y si se enfadó no fue tanto por el rechazo de Hannah como consigo mismo, por los veinte mil dólares que hundió en el Potomac, la de favores que tuvo que pedir a la unidad de submarinismo para recuperar el anillo. Que su destino final fuera el pago de la fianza de su casa era uno de los pocos cosas que ocultaba a Bones. 


Y aquella mañana, su instinto de superviviente, le obligaba a unir los dos nombres Broadsky y Hannah, el francotirador renegado y su antigua novia. ¿Por qué, por qué sentía que cuando le amenazaba, Hannah no hablaba con su boca? Broadsky y Hannah. Cuando descolgó el teléfono pensó que era él. Había estado esperando pacientemente su llamada. Broadsky no había huido para rehacer su vida, venía por él,  había escapado con la única intención de matarle. Que la voz que sonase fuera la de Hannah le descolocó sólo unos instantes, hasta que pronunció la amenaza. 


Sabía desde que el alcaide le llamó por la mañana anunciándole la fuga, que la única oportunidad que tenía de evitar matarle era que los marshals lo atraparan antes, ahora ya no le dispararía a las piernas. Si fallaba Broadsky  lo mataría,  ¿pero, Hannah?, ¿qué pintaba Hannah entre ellos?  Tentado estuvo de llamar a Sweets, no porque el chico pudiese decirle a qué se enfrentaría cuando llegase a su destino, sino porque al intentar explicarle como se sentía vería meridianamente lo absurdo de sus presentimientos. La adrenalina le había golpeado cuando sonó el teléfono y la urgencia de los momentos decisivos se había apoderado de su pensamiento.  


Si estuviera Bones con él le diría que analizase las premisas, que aplicase la lógica, pero él no estaba acostumbrado a analizar sistemáticamente sus acciones. Los hechos eran los que eran y determinaban las consecuencias. Pero aquella mañana, aquella mañana los hechos aislados carecían de consecuencias, Broadsky había escapado del corredor de la muerte y Hannah le había llamado “Voy a matarme, Seeley”, le había dicho con voz entrecortada. ¿Coincidencia? No existían las coincidencias. Vanidades al margen, ninguna mujer hermosa ama tan locamente a un hombre en ausencia durante cinco años. Ninguna. Ninguna después de tanto tiempo le amenazaría con matarse por muy colgada que estuviera.

Broadsky y Hannah en comandita era una consecuencia lógica que no se deducía de los hechos, un error del algoritmo, como diría Angela. Y sin embargo estaba seguro de que no había error en su deducción. Bones diría orgullosa que había utilizado la lógica, él sabía que quien le advertía del peligro era su instinto.


Para cuando aparcó frente la casa todas las dudas, las contradicciones habían desaparecido. Broadsky le esperaba tras de aquellos magníficos ventanales, seguramente ya le tenía en el punto de mira. No querría hablar, no. Dispararía. Aún así salió del coche sin tomar precauciones. Respiró hondo, como cuando se aprestaba a realizar un disparo, y dejó escapar el aire lentamente. La tensión que durante todo el viaje le había tenido constreñido desapareció. Estaba en paz.  Aunque no tenía posibilidad alguna de averiguar lo que le esperaba tras la puerta, su instinto reconocía una certeza, hubiera lo que hubiera, sonarían disparos. Sin vacilación sacó el arma de la cartuchera y empuñándola con mano firme se dirigió a la casa. 


La puerta cedió con un ligero toque del pie. Ante él se abrió un estrecho pasillo, al final del mismo, a la derecha un chorro de luz le indicó su destino; hacia allí se encaminó, despacio. Poco a poco reconoció la canción que sonaba y se sonrió; no se había equivocado. Era At Last, de Cyndi Lauper,  la canción que Abalon Harmonia había interpretado en su boda, ¿cómo se había enterado Hannah de ese detalle? ¿Habría visto Avalon en las cartas si al final del día regresaría con su familia?

Cuando sonó el disparo la sonrisa se le congeló. Sintió la fuerza de la bala chocando contra su cuerpo, se tambaleó y aún así no soltó el arma ni consintió que el dolor lo derribara. Se paró un instante, se llevó la mano al pecho y al retirarla se la acercó a los ojos, no había sangre. Respiró profundamente, el dolor casi le arrancó un gemido, pero alzó los hombros, recompuso el rostro y siguió caminando hacia la luz.


—Bienvenido, Seeley y perdona el recibimiento, sabía que vendrías con la pistola lista y me he adelantado, estaba seguro que atarías los cabos.
Has fallado, Jacob. Debí matarte en vez de dispararte a la rodilla.
— Eso es cierto, Entonces cometiste un gran error. Luego me di cuenta del porqué, eras un hombre enamorado.  Pero yo no me he equivocado.
Estoy vivo y ahora no te dispararé a las piernas.
Estás muerto, Seeley, sólo que aún no te has enterado. No pretendía matarte, créeme. Hubiera dado que pensar a los investigadores, Hannah no podría haberte partido el corazón.
Booth dio un paso hacia delante, Hannah yacía desmadejada encima de la cama. Pero Broadsky  le impidió acercársele clavándole el arma en el pecho.
¿Estás bien, Hannah? ¿Qué te ha hecho?
— Nada, nada que no quisiera ella que le hiciera. Sabes, tres años en el corredor de la muerte son muchos años, Seeley. Digamos que me lo he pasado bien, luego se ha dado un chute y ahora está volando. Pasará de un infierno a otro sin pagar peaje.
— ¿Vas a matarla?
— No, Seeley, yo no. Lo harás tú.
— ¿Por qué Hannah, por qué no has venido directamente por mí?
— Porque quitarte la vida no es suficiente. Tú deuda conmigo no la pagas con una sola muerte. Te quitaré lo que más valoras, reputación, fama, honor. Para cuando termine el día todos los que te han querido, tu hermosa doctora, tus amigos maldecirán tu nombre, Seeley. Y no podrás impedirlo.

— ¿Cómo? ¿Por qué querría matarla?


— Te acostabas con ella, iba a contárselo a tu mujer.
— Nadie lo creerá.
— ¿Seguro? ¿Seguro que en tú móvil no guardas ningún mensaje de ella, ninguna cita? ¿seguro? —Y cuando Broadsky encendió el teléfono de Hannah se oyó decir “Te lo dije, Hannah, no me llames más. Lo nuestro se acabó”
— Eso fue hace un mes, y era ella la que me llamaba a todas horas.
— Si, te llamaba, desde distintos hoteles. Hoteles reservados a nombre del señor y la señora Brennan. ¿Qué dirá tu famosa esposa cuando se entere? Te odiará, Booth, te odiará. ¿Qué pensará tu hija cuando se entere que abortaste a su hermano? El señor y la señora Brennan en una clínica de planificación familiar, querían una solución rápida a un pequeño problema.
Booth, se estremeció.— Has trabajado mucho, Jacob.
— Sí, y no sabes cómo he disfrutado con cada paso.

— Sí, has disfrutado como el asesino que eres. ¿No es ella una inocente?


¿Inocente? Vino a mí, ¿sabes? Vino a mí hace seis meses. Quería mi ayuda para vengarse de ti. Y yo “la Mano de Dios”, la ayudé, su venganza era mi venganza. Y por eso, hoy y aquí, tú Seeley  Joseph Booth,  el héroe, vas a morir como el asesino que realmente eres, sin honor. Yo lo planee y ella lo ha ejecutado magníficamente. Una gran mujer, lástima lo de las drogas.
— La policía sabe que estás aquí, Jacob. Vienen a por ti.
— No lo creo. No. Me sorprende que creas que vas a engañarme con una argucia tan estúpida, me ofendes, Seeley. Tú no los has llamado, pero Hannah sí, en cuanto has aparcado. Así que Seeley te quedan nueve minutos de vida. Es el tiempo de reacción de la policía esta mañana. Ya sabes, están ayudando a los marshals a buscarme.
— Bien, y según tú que va a ocurrir  aquí en los próximos nueve minutos.
Algo muy simple, Seeley. Hannah te iba hacer chantaje, así que has venido dispuesto a todo. Este es un barrio precavido, en cada farola hay una cámara  de vigilancia que ha grabado tus movimientos, ellas te delatarán. Sabía que terminarías uniendo los cabos, Broadsky se ha escapado y Hannah me amenaza. Así que has reaccionado según tu instinto y esperándome has desenfundado antes siquiera de llamar.
¿Qué crees que pensará la policía en cuando vea las imágenes? Has dado una patada a la puerta, has entrado, ella te ha disparado, pero ha fallado, lo que dado su estado no es nada extraño. Habéis discutido, te ha amenazado, en su móvil encontrarán un mensaje para tu esposa contándole lo del hijo que le obligaste a abortar. Te lo ha hecho escuchar. Tú lleno de ira, te abalanzas sobre ella para quitárselo, forcejeáis, la pistola se dispara y la matas y luego, cuando te das cuenta de lo que has hecho, avergonzado, la vuelves contra ti, te tragas el cañón y te matas.  Venganza cobrada.


Te equivocas, Jacob.  Tu cuento tiene un fallo, nunca, nunca conseguirás arrebatarme el arma. Entrégate, Jacob. El juego ha terminado.

(Continuará...)