sábado, 21 de febrero de 2015

Bones. The 200th in the 10th "Bones homenajea a Bones".


Para Consuelo que la esperaba.

Antes que nada, perdón por la deshora. Tengo excusas, escoged la que más os acomode: el desánimo por el futuro de Bones, el olvido que gobierna mi memoria, Microsoft Word 2010 que se negó a abrir el archivo de la crónica que escribí nada más regresar a casa tras asistir, en el Teatro Chino de Hollywood Bulevard, al homenaje que la profesión rindió a Emily Deschanel y David Boreanaz, en el estreno de “Bones, la película”…  


Y lo cierto es que llegué entusiasmada, dispuesta a escribir mi mejor crónica sobre Bones. El estreno al que acababa de asistir lo merecía, era espectacular, brillante, elegante, trepidante, divertida. Y la escribí, la escribí. No me salió tan “redonda y divertida” como el guion de Stephen Nathan pero casi, casi. Y sabéis qué, se perdió en el limbo de los textos corruptos de Microsoft Word.

Esta que sigue ya no puede ser la misma, pasada la primera impresión, mi entusiasmo por el episodio se atemperó. Vaya por delante que The 200th in the 10th me sigue pareciendo visualmente espectacular y divertido, pero en mi opinión está lejos de ser el mejor episodio de Bones, aunque su romántico y redondo final nos lo haga creer, para eso fue así escrito, que Stephen Nathan aún tiene mucho pelo y desde luego ninguno de tonto.

Pero mejor será empezar por el principio, y el principio fue el cumpleaños. Cuando uno va a cumplir doscientos años, qué de raro tiene, sobre todo cuando el futuro se presenta incierto, que se dé un homenaje, que por un día se permita cumplir sus sueños más secretos sin pensar en el mañana. Y es más, se diga lo que se diga, cuando uno cumple doscientos años, doscientos episodios, en quién piensa uno si no en sí mismo. Se han pasado tantos sinsabores, tantas ansiedades y también, por qué no, tantos buenos momentos que lo más reconfortante es volver la vista hacia atrás, soltar lastre y reflexionar; que eso, entre otras cosas, significa la palabra homenaje.


Y eso, en el homenaje fue, no me cabe duda, en lo que pensó Stephen Nathan. El showrunner de Bones, echó un vistazo a su alrededor y se dijo, voy a recuperar la química que durante las seis primeras temporadas vibraba en cada mirada que Booth y Brennan cruzaban, la diversión con sus disputas, las controversias entre dos seres tan diferentes y en el fondo tan idénticos; en fin y dicho con todas las letras, la recuperación de la tensión sexual no resuelta que el matrimonio y los hijos les han hecho perder. Porque como Homer Simpson dice “El amor es lo que pasa entre un hombre y una mujer antes de casarse” y Booth y Brennan llevan ya casados un año y tres años durmiendo juntos.

Y además, se diría, ya que nos ponemos, vamos a recrear el nacimiento de la antropología forense. Qué mejor homenaje para Brennan, la primera autoridad mundial en la materia (según la mitología de la serie), que convertirla en la inspiradora de “su ciencia”; que fuese ella y no el primer antropólogo físico Wilton Marion Krogman quien dijese la frase “The skeletons talks, the skeletons tells its story”.


Con esa premisas, no me cabe duda, escribió el guion de The 200th in the 10th, no como el guion de un episodio de la serie, sino como el guion de algo excepcional e irrepetible, Bones, la película. En la que aparentando un homenaje a las películas clásicas de suspense, con guiños cinéfilos a “Con la muerte en los talones”, “Atrapa a un Ladrón” o “Sospecha” de Hitchcok, homenajear en realidad a Bones. 

Y convocó a todo el equipo, desde el utilero a la peluquera, del carpintero al electricista y cómo no a los actores a conseguir el reto, a reconvertir durante cuarenta y tres minutos, a la desorientada, decrépita y olvidada por millones Bones en la comedía chispeante y romántica de ingeniosos y vibrantes diálogos, con un ligero toque macabro que un día fue. 


Decía precisamente Alfred Hitchcok que el cine es como la vida real a la que le han cortado los momentos aburridos. Lo mismo cabe decir de The 200th in the 10th. Bones, la película” es “Bones la serie”, ahí están uno tras otros los momentos “meta”, las auto citas, seguro que las reconocéis todas, pero cómo si la celebración y la diversión estuvieran reñidas con la emoción Stephen Nathan al reconstruir los personajes de Bones les quita algo consustancial, algo que les hace únicos, su pasado, su lucha por superarlo. 


Y por eso Bones, la película y por ende The 200th in the 10th es una historieta de aventuras, un vistoso divertimento en el que se entrecruzan los destinos de una doncella ambiciosa, una millonaria solitaria, un gigolo, un perista con buen corazón, un gacetillero novato, una taquimeca curiosa, un matrimonio salsero, un paleontólogo con mucha vista, un ladrón de joyas con estilo y una mujer inteligente, tozuda y con visión. Divertido, sí, pero… 


... Exento de emoción, la que la vulnerabilidad de Brennan nos provoca y nos hace amarla a pesar de su arrogancia. La Brennan de The 200th in the 10th no es una mujer herida que se esconde tras la ciencia y la racionalidad, ni una mujer sin aptitudes sociales; al contrario es una mujer integrada, tozuda, inteligente y decidida a conseguir sus propósitos, una mujer cuyo hobbie es la ciencia, la hija del jefe de policía, que intenta por todos los medios labrarse una carrera como detective en el cuerpo en plenos años cincuenta. Ni científica, ni racional, desconfiada y con la intuición suficiente para conocer a los hombres. 


Lo mismo sucede con Booth, en Bones, la serie, cuando lo conocemos es un hombre tierno, intuitivo y con un deseo inmenso de redención, por eso le amamos, por eso le ama Brennan, no porque sea un macho alfa, un tío bueno con entretelas. Sin embargo en The 200th in the 10th, Booth es un veterano reconvertido por mor de la justicia en ladrón de joyas, un Robin Hood moderno que roba, a los que hicieron sus fortunas comprando y vendiendo en la guerra sin importar el bando, para ayudar a sus viejos camaradas venidos a menos. Pero también un vividor que gusta de los desafios, sexy, de media sonrisa en el rostro, un hombre que disfruta de la vida y se divierte.

Así que con todo ello cuando las luces de la sala del Teatro Chino se apagan y dan paso a las imágenes de la película, lo que nos presentan es una Bones envuelta en un suntuoso papel de regalo comprado en el Hollywood de los años cincuenta.


Es David Boreanaz, el director, quien con su lectura le da la espectacularidad a las imágenes, la secuencia de apertura, que en el guion dirá, “Booth conduce por una carretera de las colinas hasta una mansión”, se transforma por mor de su visión en los seis minutos más inolvidables visualmente hablando de Bones.  


Y así cuando callan las fanfarrias de la Twenty Century Fox, lo primero que vemos es una carretera serpenteante por la que circula un coche, a su derecha el mar azul recortado por un cielo rosado y la oscuridad palpitante de las colinas de Hollywood. El coche, silencioso, se acerca, es un Mustang que elegante se desliza por el asfalto; la música suave e intrigante llena la sala mientras a la antigua usanza, los títulos de crédito desgranan los nombres de los autores de la historia.


Luego el color se satina, la oscuridad cerca al hombre vestido de negro que conduce el coche, la cámara se detiene en su rostro ensimismado, mira el reloj, no tiene prisa. Cuando la imagen cambia nos muestra a una mujer de labios rojos. Conduce el coche que le sigue, otro descapotable años cincuenta; el rostro enmarcado por un pañuelo multicolor atado por detrás al cuello, conduce con cuidado, vigila las luces traseras del Mustang, no quiere perderlo.

El hombre llega al jardín de una mansión, aparca el coche y mira a su alrededor, se siente seguro, corriendillo se dirige hasta la casa, la cámara le sigue a ras del suelo. Mira a un lado y a otro antes de iniciar la escalada por un enrejado blanco, conoce el camino. El segundo coche se acerca, apaga las luces y aparca, la mujer se baja, se quita el pañuelo dejándolo caer en el coche, de un bolsillo de la gabardina saca un revolver pequeño, lo empuña decidida y camina hacia la mansión, la cámara se queda atrás para mostrarnos sobre el asiento la primera página de un periódico. La noticia, la llegada a la ciudad y desaparición de Booth, un ladrón de joyas.

Ha transcurrido más de un minuto y el silencio matizado por la música sólo ha sido roto por el ruido de las puertas de los coches al cerrarse, la mujer avanza insegura con respecto al camino a seguir; mientras tanto en el primer piso, el hombre vestido de negro salta ágilmente de balcón en balcón en busca de una ventana abierta. La cámara desde lejos contrapone los caminos de ambos, no cabe duda que terminarán confluyendo. 



Es él quien la encuentra primero, de pronto, como si su instinto le avisase de un posible peligro se detiene, se acerca a la barandilla de la terraza,  se asoma, la ve y en su rostro se dibuja una agradable sorpresa; abajo la mujer intrigada alza la mirada buscándole, presintiéndole, el hombre ha desaparecido en las sombras. Ella no se arredra, el enrejado blanco le muestra el camino y decidida en se encarama en él.

Cuando ya está casi en el balcón oye un ruido, una ventana que subrepticiamente se abre, ella se detiene, él se introduce en la casa. Desciende por una escalera de madera pulida, de repente un escalón cruje a su paso, se detiene escuchando, también una doncella con una bandeja en la mano. Sorprendida pregunta ¿Miss Braga? Nadie responde. El hombre de negro se aproxima a la caja fuerte, manipula la combinación y el chasquido que produce al saltar la cerradura atrae la atención de la doncella que desciende por la escalera. El hombre abre la caja fuerte, mira a su interior y huye.


En la huida se vuelve hacia el balcón dónde sigue la mujer encaramada; con “estilo” se lleva la mano a la cabeza y la saluda. Dentro se oye un grito y el estruendo de una bandeja al romperse. La mujer se introduce en la casa, baja por las escaleras revólver en mano, la caja fuerte está abierta y los restos de un cadáver chamuscado son visibles. La doncella llora desconsolada, la mujer saca una placa del bolsillo y dice: Temperance Brennan, policía de Los Ángeles. La doncella gimoteando repite, “Pobre, miss Braga, pobre miss Braga”. Para cuando Brennan mira con atención los restos de “Miss Braga” acabamos de presenciar los seis minutos visualmente hablando más impactantes, glamurosos e intrigantes  jamás vistos en Bones.


Luego resulta que Temperance Brennan es la hija del jefe de policía y ha actuado sin su consentimiento, dejando escapar según le recrimina a “un peligroso criminal”, lo confirma un policía (antiguo ex cura) de la Interpol que lleva años persiguiéndole, el hombre la piropea en la presentación “Es un regalo para los ojos”, dice. Y Temperance Brennan, en su única bordería, responde: No los tendrás mucho tiempo si sigues hablando así.



Por supuesto que aunque entrega la placa y la pistola no está dispuesta a rendirse, ella sabe que Booth no la mató, no es su estilo. Por eso acude al mejor hotel de la ciudad donde (¿de incognito?) se aloja Booth, el famoso ladrón de joyas, tiene una oferta para él. Booth, llega sediento, no es nadie sin un Martini en las manos. Desde las sombras Brennan dice: “Todavía no es hora de celebrarlo, Booth”. Cuando enciende la luz le apunta con un diminuto revólver. Booth, sin amedrentarse, luciendo media sonrisa y empleando un tono engolado de película de serie B responde “Por favor, baja el arma. Cómo va a disfrutar un hombre de un Martini con un arma apuntándole.”


Y a partir de ahí, con una cama de matrimonio por testigo, se suceden las réplicas y contrarréplicas, los dos son ingeniosos, y a pesar del evidente flirteo, se estudian, ninguno está seguro de las intenciones del contrario, sólo hay una cosa segura, los dos quieren utilizar al otro en su provecho, como en el Piloto.
Tengo una proposición que hacerte — dice ella.
Por favor, darling, vas a hacer que me sonroje —le responde él flirteando.
Él conoce a la gente de su profesión tiene que saber quién más podría haber robado las joyas de la brasileña, le dice ella ocultando su interés. Pero Booth pone las cosas en sus justos términos.
Quieres que te ayude a encontrar al verdadero asesino para demostrar que deberías ser detective.
Tal y como yo lo veo es el único modo de demostrar que tú no eres un asesino ¿Tenemos un acuerdo? —le pregunta Brennan con voz insinuante, pero sin dejar de apuntarle.

¿Por qué no? —responde BoothBrindemos por ello—. Y en sus ojos se insinúa el pecado. En los de ella el resultado de la evaluación es incierto, continúa evaluándole.

Cuando la escena cambia muestra la fachada del museo de Historia Natural. Brennan lo lleva a ver al profesor Hodgins, un paleontólogo brillante. Booth realista protesta. “No es el momento de andar jugando con dinosaurios, darling. Vayámonos de aquí”. “No soy tu darling”, le corta Brennan, frase y jugueteo que se mantendrá hasta que en el final se cambien los términos.


La antropología forense no se deriva precisamente de la paleontología pero como ambas se dedican al estudio y reconstrucción de seres que vivieron en el pasado a partir de sus restos esqueletizados o fósiles, resulta, a pesar del escepticismo ignorante de Booth, totalmente creíble esta asociación gracias a la interpretación “impresionista” que del “profesor Hodgins” hace TJ Thine, está genial en el papel de sabio loco, con ese tupé tan siglo XIX. 


Y a partir de que la ciencia entra en juego los descubrimientos de la causas de la muerte, así como de la identidad de la  víctima (con alguna que otra trampa) se van sucediendo  poco a poco, deduciéndose unos de otros. Pero como en todo crimen la solución no viene solo de la ciencia. A los criminales los atrapa la policía hablando con unos y otros, enfrentándolos con sus mentiras. Lo que en The 200th in the 10th, propicia la aparición más o menos apoteósica del gran elenco de artistas invitados que han ido apareciendo en la serie a lo largo de estos diez años.


Y el seguir las pistas les lleva de un lado a otro…, desde una sala de fiestas, regida por una gran dama con visión, donde Aubrey (un  gigolo de buen corazón que consuela a jóvenes herederas) y  Rodolfo y Jessica (un matrimonio de salsero -él un simpático mujeriego, y ella, esposa traicionada que en plan Gilda le abofetea-), aportarán las pistas definitivas. Todos conocían a Miss Braga, cada uno con diferente rostro.


… hasta la casa de Brennan a donde gracias al “Cacao Maravillao”, Booth, experto bailarín de salsa logra escaparse de mujer en mujer del cerco de la policía. Y es en ese amanecer, en una escena doméstica donde la pareja comienza a conocerse como posible sujeto de amor. Ya sus intereses han cambiado, ahora se miran y se ven el uno al otro, no como ladrón y policía sino como hombre y mujer, no hay encimera por medio sino una mesa  de desayuno, él lleva un mandil y ella una bata de boatiné, como debe ser. 

Que la muerte les acechaba era algo que cualquiera podía ver, los descubrimientos del profesor Hodgins las declaraciones de Aubrey les estaban acercando. Al final es Brennan, como no, la policía, quien descubre a la culpable, sólo que tanto ella como Booth son novatos en lo de atrapar asesinos y se dejan ganar por la mano por la doncella traidora. Y Booth se verá obligado a luchar por la vida de ambos en un antiguo bombardero de la Segunda Guerra Mundial. Y al final, con un gran suspense, que implica un descenso en picado, como no podía ser de otro modo vence la justicia.


A la asesina la avaricia la pierde, y cae silenciosa al vacío cuando se suelta la mano de Booth, por no abandonar la bolsa del dinero y las joyas robadas. Cuando el avión está a punto de estrellarse, Booth por fin se pone a los mandos y él y Brennan, remontan el vuelo hacia un atardecer dorado. Un final feliz. Pero no…


… Aún no se ha hecho del todo justicia. Falta la recompensa a los héroes y así Brennan obtiene el reconocimiento a su inteligencia y tozudez, una medalla de honor y el nombramiento de jefa de la nueva oficina de Antropología Forense. Booth está orgulloso de ella, a partir de ahora la llamará "Bones". un gacetillero novato los inmortaliza en una foto. Final perfecto. Pero no, aún no se ha hecho justicia del todo.


Pero como "hay un tiempo para la ley y otro para la justicia, darling", en las colinas de Hollywood, donde Ángel, el vampiro con alma, consiguiera su redención, con las luces de la ciudad al fondo y en el cielo la luna, la “bella luna” por testigo, en la noche de la justicia, Booth obtiene por fin su premio cuando él y Brennan se besan.



Y colorín colorado este cuento se ha acabado

Y aunque bien está lo que bien acaba y todos salen triunfantes, incluidos los fans, The 200th in the 10th no logra hacer olvidar episodios como The Recluse in the Recliner, Two Bodies in the Lab, Aliens in a Spaceship, ni The End in the Beginning, otro Bones alternativo y desde luego ni se acerca a  The Woman in White. Es divertido, sí, pero no es Bones. Es la película que los productores y el elenco regalarían a los fans diez años después de acabada la serie.

Y es que en Bones, todo, todo se hace al revés y nos dicen adiós antes de la despedida. Que eso, adiós, significa también homenaje.