miércoles, 4 de junio de 2014

Longmire. Reseña The White Warrior.


Dos de los protagonistas principales de Longmire, el westerm moderno de la cadena de cable AE, nunca han tenido carnet del sindicato de actores.  Los hombres y mujeres del condado de Absaroka, anglos o indios luchan por sus ambiciones y  mueren por sus debilidades bien entre las piedras y los secarrales del desierto o bien en las montañas entre el helado sotobosque, vigilados, impelidos al desastre por un cielo implacable. Ninguna otra serie tiene unos protagonistas tan duros. En ninguna otra la insignificancia de los seres humanos es más patente.


En The White Warrior, el episodio con el que se inicia la tercera temporada de Longmire, tierra y cielo vuelven a ser los protagonistas, los planos largos convertidos en sus primeros planos.  Y comienza precisamente dónde acabó la segunda, en el desierto.


La primera imagen es la de un indio, un indio que repantingado en la puerta de un destartalado habitáculo fuma mientras contempla intrigado como una nube de polvo se acerca por el desierto; es un coche avanzando rápido. Un coche conducido por Walt Longmire (Robert Taylor) el sheriff del condado de Absaroka. No tiene tiempo que perder, lleva un hombre herido, está desangrándose. 


¿Qué demonios le has hecho? –le pregunta el indio al ver la sangre y las costuras.
He hecho lo que he podido — responde. Y le ha cosido los agujeros de las balas con un anzuelo oxidado y sedal.
Debiste llamar al 911 —dice el indio. Y entonces Walt Logmire respirando y con la ropa y las manos cubiertas de sangre, responde.
Yo soy el 911.
Y lo es, también lo es. Porque Walt Longmire no es un hombre al uso; porque rige su comportamiento por unos principios y valores que hace mucho tiempo que dejaron de ser válidos entre los cielos rasos y los pisos de mármol o de falsas tarimas en los que se mueve el resto de la gente, el resto de los protagonistas de las series de la televisión de hoy en día. Responsabilidad y lealtad, los que le rescatan de la soledad y le libran de sus demonios interiores. 


Pero salvado al hombre no puede detenerse,  tiene otra urgencia a la que acudir, un amigo que salvar, una lealtad a la que responder. Henry Standing Bear (Lou Diamon Philliphs), su amigo, ha sido detenido. Mathias (Zahn McClarnon) el jefe de la policía india lo lleva a la cárcel del condado, acusado de matar al asesino de su mujer. Y quemando millas Walt lo persigue, un cielo límpido e impío espera el choque.

Tengo que hablar con él —dice Walt cuando logra que el jefe se detenga. Y ante la oposición del indio a que dé un paso más pregunta —¿Qué vas a hacer dispararme?

Y Mathias dispara, a las ruedas de su camioneta.


Voy a sacarte de esta, Henry —dice a su amigo.

Y de regreso al destrozado despacho, le recibe un comité de bienvenida. Sus ayudantes quieren saber.
¿Qué ha pasado? —pregunta Vic Moretti (Katee Sackhoff) — Y no me contestes con monosílabos a lo Gary Cooper. Háblame— exige.
Y es entonces ante la insistencia de ella, de la mujer que en el último año ha estado incondicionalmente a su lado, cuando le confiesa el secreto tan largamente guardado para no hacer más daño, para asumir el sólo el mal que toda muerte violenta conlleva. El secreto que ya conocíamos. 


Y es luego, en la intimidad insólita del cuarto de baño, mientras Vic, fascinada contempla las cicatrices de la espalda culpable de Walt, cuando su mirada nos descubre otro secreto, los sentimientos que por ahora ella oculta.

Y lealtad con lealtad se paga.


¿Por qué te quedaste con esos dientes? —pregunta mucho después Walt a Henry Standing Bear en la cárcel.
— Un seguro —responde el amigo—. Para asegurarme de que no asumirías la culpa de un asesinato que no cometiste.

Y entre valor y valor, la búsqueda de quien disparó a Branch Connally, (Bailey Chase), su ayudante, el peyote, los problemas de identidad de los indios, la tozudez de Mathias por preservar su pedazo de tierra, las ambiciones de unos y otros, indios, Jacob Nighthorse (A. Martinez) y anglos, Barlow Connally (Gerald McRaney), el padre de la víctima, enmascaradas de buenos sentimientos. El deseo del poder, la ambición de gobernar sobre los hombres y enriquecerse a costa de la tierra y de los otros, las causas comunes de casi todo mal. 


Y un hombre drogado, incapaz de dejar de ver en su atacante, en ese White Warrior, en ese fantasma cubierto de cenizas, a un hombre muerto. Y que a pesar de ello, tal vez por ello, no sólo estuvo a punto de matarle vida sino que le está robando la razón y su venganza.

Ha vuelto Longmire y ha vuelto por donde solía, estamos donde estábamos y buscamos lo que buscábamos. A un hombre que quiere el poder y al que Walt Longmire, sus principios y sus valores no le gustan. ¿Quién es? En realidad su identidad no importa, lo que importa es el camino a recorrer hasta atraparle. 


El que recorrerá Vic hasta conseguir acariciar con sus manos la espalda que sus ojos devoraban, el mismo que recorrerá Walt para vencer su soledad.