miércoles, 13 de mayo de 2015

Bones. Reseña "The Veredict in the Victims" (10.18). Contra los errores, fe.


Confieso que no me siento cómoda escribiendo la reseña de un episodio una semana después de su emisión. Una reseña en la que se cuente lo que ha sucedido sólo tiene sentido si se hace de inmediato de acabado el episodio, todo lo más al día siguiente. The Veredicts in the Victims se emitió el el jueves 7 de mayo en Estados Unidos conjuntamente con The  Lost in the Found; ahora, cuando escribo es miércoles trece, casi una semana después y me imagino que ya casi todo el mundo se ha olvidado del episodio.

Aunque para mí estas reseñas no son sólo información, son una fuente más de alimentar la adicción recontándome lo que he visto, de recrearme en el chute. También mi única posibilidad de, al menos aparentemente, dar cierta lógica a la adicción. Dice Tony Morrison, la escritora norteamericana ganadora del premio Nobel de literatura 1993 que Escribir significa control, una forma de pensar, puro conocimiento”. Y tiene razón, escribir sobre Bones es mi única posibilidad de controlar la dosis, de no dejarme arrastrar por el chute.

The Veredicts in the Victims es un episodio complejo, mucho más que lo que su trama en principio deja entrever. Podría contar paso a paso, con las horas como referencia (tal y como hacen en el episodio para infundir la sensación de urgencia, de ritmo trepidante), la lucha que libra el equipo del Jeffersonian contra el reloj. Cuarenta y ocho horas tienen para librar de la inyección letal a Alex Rockwell al “asesino en serie” que detuvieron al finalizar el episodio The Baker in the Bits (10.13), para establecer su inocencia a pesar de haber sido condenado a muerte por las pruebas y el testimonio de la doctora Brennan. Visto así, aisladamente, podría considerarse, entrecerrando los ojos, buen episodio. Un alegato contra la pena de muerte.



Un hombre inocente, hastiado de las injusticias que el mundo le ha infringido, cada vez que ha intentado abandonar el camino de perdición al que su adolescencia desordenada le condenó, renuncia a su defensa y apela a la justicia divina. Sólo en Dios tiene en fe, no en los hombres, no en su familia, después de todo como le dice a Booth cuando va a pedirle su cooperación para salvarle, en unos días se olvidará de él. Y lo cierto es que como en las leyendas de la edad media, Dios le responde. Al final, justo en el último momento, cuando el médico le está inyectando la primera dosis del coctel que le provocará la muerte, el teléfono suena y Alex Rockwell (un intenso Gabriel Salvador) vive. Pero…


Pero The Veredict in the Victims no es un episodio aislado sino la segunda parte The Baker in the Bits. Y así, tomado conjuntamente los dos episodios, a The Veredict in the Victims le crujen “las entretelas”, para tomárnoslo en serio hay que forzar la suspensión de la incredulidad, me explico:

La prueba de cargo contra  Alex Rockwell por el asesinato de tres personas es un cuchillo con su ADN que Booth y Aubrey encuentran en su coche. Y lo encuentran convenientemente dirigidos por Flender, su patrón, un hombre bondadoso que dedicaba su vida a dar una segunda oportunidad a exconvictos. Es una prueba forense, sí, pero una que podía haber sido manipulada. Pero… debía haber un culpable.

A los guionistas de Bones se les da mejor plantear que resolver las tramas. La pregunta fundamental que no han respondido The Veredict in the Victims, a pesar de que es la base de todo el argumento, es: sí en The Baker in the Bits encontraron cuatro cadáveres ¿por qué se juzgó a Alex Rockwell sólo por el asesinato de tres? ¿Por qué Booth, Brennan e incluso el abogado de la víctima, se olvidan de investigar el cuarto cadáver que es precisamente el que ahora fundamenta la inocencia de Rockwell? ¿Por qué le acusaron de tres asesinatos si había cuatro cadáveres y de uno, Barnes, ni siquiera se había establecido la identidad?


Cuesta aceptar que nuestros agentes de la ley favoritos tan amantes de la verdad y la justicia hayan cometido semejante error, lo hayan pasado por alto. Hay más preguntas que afectan también a la verosimilitud del argumento: ¿por qué no se defendió Alex Rockwell?, ¿en qué cabeza cabe que un hombre inocente, que se ha agarrado con uñas y dientes a esa segunda oportunidad que Flender le ha dado, que se ha reinsertado en la sociedad no se defienda de una acusación que podía costarle la vida? ¿Por qué murió el Padre Douglas Nabors?

Al contrario que otros procedimentales, en las diez temporadas de Bones no ha habido demasiados “asesinos en serie”; según confesión de Hart Hanson, ni a él ni a Stephen Nathan les gustan aunque a los norteamericanos sí. Lo cierto es que ninguno de los anteriores “asesinos en serie” de Bones fueron concebidos como un fin en sí mismos, sino siempre con un propósito definido, como medios para alcanzar un fin que afectaba a Booth y Brennan, a la trama serializada de la serie (aquí podéis leer mi artículo Bones y los asesinos en serie).  Y en mi opinión “el asesino en serie” “The Baker” también tiene un propósito definido. De ahí los errores, las preguntas sin respuesta. 


Si el protagonista de The Baker in the Bits fue indudablemente Booth, un Booth bondadoso al que su estancia en prisión le había “concedido” la posibilidad de mirar a los hombres más allá de lo que mostraran sus tatuajes, de lo que dijeran las estadísticas. La protagonista de The Veredict in the Victims es indudablemente Brennan (como ya lo fuera en The Lost in the Found, episodio con el que en el fondo está estrechamente ligado). Una Brennan falible en su trabajo, una Brennan que apela a la fe de Booth porque la ha perdido en sí misma, porque le fallan las razones. Una Brennan humana, en definitiva, que comete errores. Brillante, sí, pero no perfecta; como Booth, entonces.


Me encanta la escena del comienzo, es divertida, cotidiana, aligera el que luego será un dramático episodio. Christine (Sunnie Pelant) como siempre genial, esa niña que para sobrevivir a dos personas tan diferentes y con tanta personalidad debe ser capaz de superarlos a los dos y lo hace, “Puedes enseñarme otra vez esa bolsa con osos de gominola”, le dice con sonrisa pícara a Aubrey. Su madre no le permite comer dulces y su padre, obediente, sólo le ofrece brócoli.


Es domingo, Booth prepara la cena e intenta contactar con Brennan que lleva todo el fin de semana encerrada en el laboratorio del Jeffersonian revisando las pruebas que sirvieron para condenar a Alex Rockwell, como siempre que van a ajusticiar a un reo por su testimonio. Brennan no le responde y Booth dejando a una Christine que se muere de hambre con Aubrey va a buscarla al Jeffersonian. Para cuando llega ya está allí la doctora Saroyan, para cuando llega, Brennan ya ha descubierto que se ha equivocado, que por su culpa, por su testimonio van a ajusticiar a un hombre que podía ser inocente. Y no le vale que Cam le diga que en realidad es culpa de todos.



¡¡Un momento, un momento!! Lo que la doctora ha descubierto, ahora, con pruebas nuevas, es que Rockwell no pudo matar, por una lesión en los manguitos rotulianos, a un hombre por cuyo asesinato ni siquiera fue condenado. Esa es la premisa que debemos aceptar para seguir la trama del episodio, porque de ahí concluyen que si Rockwell no mató a “Barnes” porque no pudo golpearle con una tubería, tampoco mató a ninguna de las otras tres víctimas a las que ya asesinó de diferente forma. Tiene toda la razón la juez en pedirles pruebas sólidas antes de reabrir el caso. Al menos les autoriza a exhumar los cuerpos. Tienen cuarenta y ocho horas para encontrarlas.


Y así mientras una Brennan contrita revisa con ayuda del doctor Fuentes y de todo el equipo una vez más los restos y sus expedientes, encontrando en los huesos de Barnes unas estrías que en su día Brennan no vio. Booth, Aubrey y Caroline intentan encontrar otro posible culpable, si Alex Rockwell no lo hizo, y lo creen ahora, porque la creen a ella ¿quién es entonces el asesino? Saltz, otro de los exconvictos investigados en The Baker in the Bits cogía su coche a menudo, podía haber dejado el cuchillo allí para inculparle. Pero no, es un hombre limpio.

Cuando visitan a la mujer y al hijo de Rockwell creen que tienen un nuevo sospechoso porque encuentran con ellos a un viejo amigo, uno que fue testigo de la acusación, Evans, un pastor que tiene también antecedentes juveniles. Humo, en realidad humo, no tienen nada sólido, las pruebas se resisten a cambiar de nombre. Y lo más increíble sigue siendo que Alex se niegue a cooperar con ellos. No así Roger Flender, alias el patrón bondadoso, él si está dispuesto a ser detenido como sospechoso, a hacer todo lo que sea necesario para salvar a uno de sus hombres.


Justo cuando Flender se presenta en el FBI con tan generosa oferta está teniendo lugar una de las conversaciones importantes del episodio entre Booth y Brennan. Ella está convencida de que Booth cree que está equivocada, aunque él no haya expresado ese convencimiento en voz alta lo sabe. A lo que Booth le responde:


– Creo que eres la mejor, pongo toda mi fe en ti. Confío en ti.



Y como lo hace, hasta en sueños prosigue la investigación del asesinato y como en The Lost in the Found, su corazonada resolverá el caso. ¿Cómo? Por el patrón; es un asesino en serie luego habrá vuelto a asesinar, es lo que hacen, necesitan matar para dar satisfacción a su paranoia. Transcurridos siete meses desde la detención de Rockwell ha debido hacerlo otra vez. ¿Cómo encontrar la nueva víctima?

No hay problema, allí está Angela y su ordenador para conseguirlo. Dando por sentado que los asesinatos tienen una base ritual de purificación, porque desangra a las víctimas, quema los cadáveres y su antigua guarida era en realidad territorio sagrado para una antigua tribu india (algo que no nos habían contado), encuentra, en el territorio de los tres estados contiguo a Washington, un lugar sagrado, abandonado, que el asesino podría haber convertido en su nueva guarida. Lo encuentran y por supuesto a una nueva víctima asesinada con el mismo ritual.



La lucha contra el reloj sigue, Brennan está ciertamente hundida, se niega a comer ante la solicita Cam que le trae por desayuno su tortilla favorita, sin huevos. Ella que se enorgullecía de su meticulosidad, de no cometer errores lo ha cometido (bienvenida al mundo real, doctora). Su trabajo ha llevado al corredor de la muerte a un hombre. Que Cam le recuerde que el único culpable es el asesino que los mató, no le sirve de consuelo. Desearía poder creerlo, pero para cuando resuelvan el caso Alex Rockwell habrá muerto.


Las pistas que el nuevo cadáver ofrece tampoco dan mucho juego, otra exconvicta relacionada con Saltz, pero él no la mató, la noche que desapareció estaba en una de sus reuniones de adictos anónimos, tiene coartada. La juez se sigue resistiendo a creer en la inocencia del hombre que va a morir, puede ser un imitador. Y le importa un bledo lo que Caroline que la ha acusado de no aceptar las nuevas pruebas por su carrera política, piense.


Entonces, una vez más, Angela y no Booth quien se supone que tiene formación criminalística, recuerda, recuerda que Sweets decía que la primera víctima de un asesino en serie suele estar muy cercana a él. Y buscando en los correos, encuentra que justo dos semanas antes de desaparecer Barnes, adicto a las drogas, por cierto, se gastó un montón de dinero en flores para el funeral de su chofer. Su chofer, muerto de una sobredosis, es… sí, el sobrino de Roger Flender. ¡¡¡Por fin!!! Si hubieran leído la rueda de prensa que dio Stephen Nathan en el regreso de Bones después del hiato, no se habrían cometido ningún error. No dijo el nombre, pero dio suficientes pistas para identificarlo.


Y claro está lo atrapan quince minutos antes de la hora fijada para la ejecución, cuando ya Rockwell está atado a la camilla, cuando ya el medico se dispone a inyectarle la muerte. Y ahora quien contribuye a salvarle es el doctor Hodgins y sus conocimientos esotéricos. Un pinchazo en el manubrio que aparece en todas las victimas insertado en un triángulo (¡señor, señor!) fue hecho con un compás y es un símbolo masónico. Y Booth en la casa de Flender es capaz de unir masones con albañiles, albañiles con ladrillos y ladrillos con escondite de las armas utilizadas para los asesinatos. La jueza por fin hace la llamada y Alex Rockwell se salva.

¿Cuál es el propósito del asesino “The Baker”? Ahora mismo a mi entender sólo uno, establecer la coartada del final de la temporada.


La conversación entre Angela y Hodgins calcada de la que mantuvieron Brennan y Angela en The Lost in the Found es una de las claves. Está cansada de que les disparen y les maten quiere dejar esa vida irse a vivir a Paris.


 Se irán, seguro.



La otra un poco más sutil, pero más importante, la última conversación entre Booth y Brennan cuando  al confesarle que había estado asustada, Booth le contesta:


Tienes que tener tanta fe en ti como yo la tengo.


Y yo me pregunto:

¿No será esa la última conversación entre los dos en el final de la temporada? ¿No le dirá Brennan a Booth, para ayudarle en su recuperación de la adicción al juego: ”Tienes que tener tanta fe en ti, como yo la tengo”?


¿No dirán adiós (temporalmente) a tanta muerte, que ha estado a punto de destrozarlos, para centrarse en una nueva y hermosa vida de la que no formaremos parte (temporalmente, por supuesto)?



PP.— Por cierto, ¿por qué mató Flender al padre Douglas Nabors?