martes, 7 de junio de 2016

Bones. Reseña The Movie in the Making (11.18). Un regalo para los fans.




“Las normas son las normas” que diría la doctora Brennan. Allá por abril, Michael Peterson dijo: “The Movie in the Making es uno de los (episodios) más divertidos de Bones”.  Y añadió: Quería hacerlo como un tributo a los fans”. A fe mía que lo ha conseguido. Mis más sinceras felicitaciones al señor Peterson y a Keith Foglesong, el autor del brillante y divertido guion, por su maravilloso regalo. Lo he disfrutado como hacía tiempo que no disfrutaba de Bones.


Podemos discutir si The Movie in the Making es o no es un interesantísimo, instructivo, y bien dirigido documental del programa America in profille. Un documental que  al mostrar la colaboración del FBI y la división forense del Jeffersonian en la resolución de un crimen, presenta a las personas encargadas de la investigación, como en realidad son: a veces brillantes, a veces inteligentes, a veces ridículas, a veces torpes, a veces tímidas, a veces arrogantes, a veces empáticas. Un documental que transforma, por la mera presencia de una cámara ante la que hablar, a nuestros personajes ficticios en lo que siempre habíamos querido que fueran, seres reales (acostumbrados a que nos los cuenten, verles a ellos mismos contarse es una agradable sorpresa).



Y como todo buen documental que se precie, America in Profille va más allá, los personajes no sólo se cuentan, sino que al unir trama con identidad, nos permite confrontar quienes dicen ser, con quien por sus hechos son y nuestra opinión sobre ellos, con las opiniones que suscitan en el resto  de los personajes. Un documental que emociona al espectador mostrando como el duro trabajo al que se enfrentan, la muerte, el mal, terminan afectándoles en su vida personal, por no hablar del inesperado y feliz final. Inteligente. Una brillante lección del “teatro dentro del teatro” o sí se quiere de “la serie dentro de la serie”.


Pero fundamentalmente The Movie in the Making es un regalo, un hermoso regalo para los fans. Porque como en los grandes episodios de Bones (The Man in the Fallout Shelter, The End in the Beginning, The Woman in White)  no sólo el caso es un mero instrumento para disfrutar con los personajes y sus relaciones, sino que aunque todos se cuenten y sepamos de sus deseos, los únicos protagonistas son Booth y Brennan, ellos y su eterna discusión.
AUBREY Y LA NOSTALGIA POR LA NIÑEZ



Nunca pensé que Aubrey en el fondo fuese un niño nostálgico, aunque eso explique lo contradictorio de su comportamiento. Un niño con un profundo problema  afectivo del que sin duda se derivan sus ansias por comer. El documental nos lo muestra como los fans lo quieren, como un colaborador de Booth, inteligente, respetuoso con los procedimientos en la investigación y  torpe socialmente. Mucho trabajo tiene Jessica por delante  si quiere que su relación tenga futuro. Seguro que el dolor terminará haciéndole crecer, lo veremos, seguro.
LA PROFESIONAL


Cam, perdón, la doctora Soroyan, es la profesional que participa en el documental porque es su obligación pero, mujer reservada, intenta proteger su vida privada de la intromisión de las cámaras. Inútilmente, al ser  Arastoo el ayudante de la doctora Brennan, no pudiendo ni él ni ella en ciertos momentos ocultar su familiaridad, “la cámara” siempre alerta a las miradas esquivas, cotilla se recrea persiguiéndoles, hasta que las incisivas preguntas de la directora terminarán rindiéndola.

SUS MAJESTADES, LOS REYES DE BONES



Y qué decir del doctor Hodgins y Angela, los más naturales ante las cámaras. El Hodgins que nos presenta American in Profille es el que amamos las fans. El hombre extrovertido, raro, entusiasta de su trabajo, feliz de hundirse hasta el cuello en la basura para determinar la fecha de la muerte de la víctima. Un Hodgins  seguro de sí mismo y feliz con su mujer y a quién no le importa que Angela le confiese a Alex Duffy, la directora del documental, que se quedó en el Jeffersonian porque Booth era muy mono, porque  como él dice, al final se la terminó llevando el guapo, lease él mismo. Y orgulloso de sí  y de su espectrómetro de masas no le importa que nadie le reconozca “su grandeza”, que sólo él se llame así mismo  “El rey del laboratorio”, lo es y  también de Egipto…


Qué decir de Angela,  por fin feliz y satisfecha con su vida. No sólo nos muestra sus capacidades sino que desinhibida como siempre fue se confiesa abiertamente la reina de Egipto, rememorando las tórridas escenas en la supuesta cama de Cleopatra, las que, como llevan tanto tiempo siendo un matrimonio, nadie recordaba. Y tal vez como compensación por el dolor últimamente sufrido es la encargada de mostrarnos cuán peligroso es el trabajo que realizan y así mientras vemos una feliz escena familiar cuenta emocionada a cámara cómo y porqué su marido está en una silla de ruedas.

IN MEMORIAN


Y hablando de emociones y como las fans nunca olvidan y de Movie in the Making es un regalo, Hodgins a pregunta de Alex Duffy, qué buena directora, rememora la figura del doctor Zack Addie, un ser dulce, un muy querido amigo para quien el trabajo rodeado de muertes y asesinatos terminó siendo demasiado. Y Arastoo quien cuenta lo sucedido con Vincent Nigel Murray, el loco de los datos, cómo murió en la misma plataforma forense en brazos de la doctora Brennan ganándose su mirada reprobatoria cuando se atreve a decir ante las cámaras lo duro que esa muerte fue para ella.

BOOTH Y BRENNAN UN MATRIMONIO
 CON SOFÁ…


Sin embargo es Gary Lempke, conductor de maquinaria pesada de un vertedero, quien al darnos noticia del hallazgo del cadáver, una coliflor con dientes que no apartaba los ojos de él, nos presenta al policía que hacía preguntas y a la dama que hurgaba en el cadáver de quienes por cómo discutían pensó que estaban casados.



Y aunque la dama que hurgaba en el cadáver desmiente la suposición de Gary,Booth y yo no discutíamos en la escena del crimen”, dice, “Manteníamos un saludable debate entre marido y mujer”.  Su marido, resignado lo confirma:

Es cierto — dice a cámara tras un profundo suspiro—, nuestros debates a veces son tan saludables que termino durmiendo en el sofá. Es verdad.


Ellos son la doctora Temperance Brennan, antropóloga forense del Jeffersonian y Seeley Booth, agente especial de la división de homicidios del FBI:


Cuando me llaman a una escena en la que los restos están muy quemados… o descompuestos llamo a Bones —dice Booth en off mientras la imagen nos lo muestra ajustándose presumido el nudo de la corbata frente al espejo de su dormitorio, aceptando una taza de café de Brennan.

 Y cómo el interés del director del documental no es otro que buscar lo que resulte más “escandaloso” para sus espectadores y no se le ha escapado la mirada directa a cámara ni el fruncimiento de labios de la doctora cuando Booth la ha llamado “Bones”, en la entrevista Brennan explica:



— Me llama Bones. A pesar de que soy su esposa, la madre de dos de sus hijos,  todavía me llama con un apodo que desprecio.
— Que antes despreciabas —precisa Booth—. Ahora creo que te gusta.
— No, no me gusta, Seeley —le contesta, recalcándole el nombre.



Y  todos sabemos que Booth tiene razón, que si al principio protestaba por el mote, pronto dejó de hacerlo; también que ella jamás lo llama Seeley. ¿Qué pasa entonces? Para mí que en estas escenas nos muestran como ante el poder de la cámara,  una ventana al exterior, Brennan intenta, como intentaríamos cualquiera de nosotros, ofrecer la mejor imagen. Bones no es un apodo para el mundo, es un apodo para la intimidad, lo mismo que Booth.

… Y DIFERENTES OPINIONES


Y Alex Duffy que ya ha descubierto la diferencia de opiniones que tienen Booth y Brennan aprovecha la circunstancia, convirtiendo la investigación  de lo que sería un caso sin ningún interés, un perdedor asesina a otro perdedor, en una confrontación entre ciencia e instinto, entre fe y razón.
“Confía en las entrañas, baby, son las entrañas”, dice Booth a la cámara para certificar que la víctima fue asesinada, — No —replica Brennan ante ellas —la única manera de que una entraña habrá una investigación por homicidio es cuando contiene veneno. Y sin embargo era un asesinato.



Pero Booth no sólo confía en su instinto, sino que tal vez por su pasado, sobre el que pasa de puntillas al hablar de sí mismo, es un hombre capaz de ponerse en el lugar del otro, de percibir su dolor y en la investigación llegado el punto en que los huesos llevan a Brennan a creer que la víctima sufrió abusos cuando era niño, se enfrenta al padre, que termina llamándolo monstruo, acusándole de matar a su propio hijo.



Y ante las preguntas de Alex de ¿cómo fue capaz de acusar a un padre de matar a su hijo? Mientras juega al hockey en el salón de su casa con Christine, le responde que ama a sus hijos, que  hacerles daño es algo inconcebible para él,  pero que aunque no se pueda ver, hay mucha oscuridad en el mundo y al final del día su lealtad estará siempre con el niño. Sin duda nunca olvida su difícil niñez.



Y un recuerdo del viejo Booth que echábamos de menos, su capacidad para leer a las personas. No sabe quién mató a la víctima, pero cuando descubre que a pesar de los años el padre guardó las cosas de su hijo, que la noche en que murió un corredor de apuestas le partió una ceja, insiste en entrevistarse con el corredor; a pesar de las pruebas, el padre ha dejado de ser, para él, el asesino. Y por supuesto Brennan no está de acuerdo con él.



Mi marido es un hombre inteligente que está en contacto con sus sentimientos —le explica a la cámara—, es parte de lo que lo hace excepcional en su trabajo. Pero los sentimientos son minipulables. Booth ha creado una conexión con el padre de la víctima por su adicción al juego, porque puede verse así mismo en el padre de la víctima y ya no puede creer que matara a su hijo. Esa es ña razón por la que confió en la ciencia sobre el corazón.



Por cierto, el padre no mató a su hijo.

UNA VUELTA DE TUERCA MÁS



Pero la controversia de Brennan y Booth va más allá de su trabajo, el futuro de Christine, su educación también es fuente de disputas. Y en un inteligentísimo y brillante cambio de juego, la cámara sigue a Brennan hasta el colegio donde estudia Christine, es el “Día de la Carrera” y va a explicarle a la clase cómo se gana la vida.


 Una muestra de la confrontación ficción-realidad, porque los compañeros de Christine son los hijos de los miembros del elenco y del equipo de Bones. Están, que se reconozcan el sobrino y la hija de Michael Peterson, el hijo de Emily Deschanel y la hija de David Boreanaz, y son ellos, precisamente ellos a quienes les ceden la palabra, no a Christine, la niña ficticia, son ellos los que a su manera le hacen preguntas sobre su trabajo, los que se asquean y vomitan cuando ven (ficticiamente, porque a ellos en realidad les mostraron una pantalla verde) el cuerpo medio descompuesto por el que pululan unos escarabajos, no Christine, a quién las imágenes le hacen sonreír.


De lo cual se muestra muy orgullosa en el laboratorio, porque siempre arrogante no puede dejar de ser quién es, la mejor antropóloga forense del mundo, y su hija sería tonta si no se aprovechase de la circunstancia para convertirse en antropóloga.


Sólo que con Booth su orgullo no le vale, Christine tal vez no se ha inmutado mientras los bichos descarnaban el cuerpo porque está acostumbrada por las imágenes de cadáveres que tiene por toda la casa “Sólo trato de prepararla”, se defiende. ¿Para qué, para terapia? Le pregunta Booth. “No para su futuro como antropóloga forense”.

Y por supuesto él también ha decidido lo que Christine va a ser de mayor “Portera de los Flyers”. “Es ridículo”, responde Brennan. Pero Booth sólo quiere que su hija no pierda su infancia pensando en la muerte. Y Brennan se defiende, ella pensaba en la muerte y nunca lo consideró un desperdicio.



Y sin embargo mientras explica a la cámara que desde que tenía cinco años ya sabía que quería ser antropóloga forense, que tal vez fuese un poco rara porque solía diseccionar los animales muertos del vecindario, su rostro se va entristeciendo sobre todo cuando habla de Morticia, el apodo con los que los demás niños la llamaban, pero  nunca dejó que eso la detuviera.



Christine tiene sus propias ideas y en una escena familiar en la que por fin aparece Hank, ante la insistencia de sus padres cada uno con su propia idea sobre su futuro, confiesa que quiere ser vendedor de coches como el padre de su amigo Toby. ¡Toma esa!



Brennan no lo acepta, su hija no se ganará la vida vendiendo coches, afirma taxativa delante de las cámaras. Booth, comprensivo, apoya lo que su hija decida hacer, por supuesto la apoyan los dos; pero Brennan cabezona como siempre insiste en que ella no. No le va a ser fácil hacerle cambiar de  opinión, ni siquiera citando a Sweets, que él le diría que no lo acepta porque siente que el rechazo de Christine a su trabajo es un rechazo a ella misma.


Por supuesto que no lo aceptaría, la psicología no es siquiera una verdadera ciencia. Aunque lo echa de menos, era un buen amigo. Y ante la emoción en el recuerdo al amigo perdido, Booth la coge de la mano y por unos instantes zanjan la polémica. Por unos instantes, porque la división de opinión es consustancial a ellos, dos seres tan diferentes y sin embargos necesitados el uno del otro para ser felices.

Y UN FINAL FELIZ


Pero como todo programa que quiera prevalecer en la memoria tiene que terminar con un final feliz, Alex regresa a la escuela a preguntarles a los niños “¿Qué quieres ser cuando seas mayor? Y sus respuestas, las de los niños reales son las que son: una quiere ser policía, otro alcalde de Marte, otro, tal vez el más inteligente, aún tiene que pensarlo.



Y sin embargo para mí hay dos respuestas que no sé dilucidar si son una línea de guion o un deseo del corazón porque a fe mía que más parecen esto último. Y así Natalie, la hija de Michael Peterson que nació aquejada de fibromialgia y se ha pasado la mayor parte de su vida en hospitales, dice: Quiero ser “Un mago y un médico”.



Bella, la hija de David Boreanaz, que desde que nació ha visto a su padre pasando la mayor parte de su vida “trabajando” con una antropóloga forense  afirma: Quiero ser  “antropóloga forense”.


Y en otra vuelta de tuerca, una más para saldar las polémicas abiertas, para concretar el carácter de los personajes, también a ellos les pregunta ¿Qué quieren ser cuando sean mayores? Y no puede resultarle mejor, porque llegado el momento de la reflexión, las personas que hemos visto antes investigando, discutiendo, ocultándose, a la hora de la verdad se sinceran y muestran ante la cámara sus más íntimos deseos.



Y así mientras Angela fotografía al equipo de American Profille su voz en off  dice que quiere ser alguien que ve la belleza en el mundo y es capaz de compartirlo con los que la rodean. Hodgins, fiel a sí mismo, a su innata curiosidad, alguien que nunca deje de buscar. Y Aubrey quiere volver al tiempo y al lugar en el que fue feliz, “Quiere volver a ser niño”.



Pero como buen director Alex Duffy sabe que necesita para terminar en aplauso con alguna sorpresa y lo consigue, su acoso a la doctora Saroyan obtiene éxito y vemos como la mujer que había negado reiteradamente ante la cámara la existencia de una relación personal con el doctor Vaziri, rindiéndose, proponiéndole delante de esa misma cámara, matrimonio a Arastoo



Mis felicitaciones a la directora no todos los documentales sobre crímenes consiguen una proposición de boda.



¿Y Booth? ¿Y Brennan?  Booth en su respuesta es fiel a su deseo de ser mejor hombre, mejor persona, mientras comparte con el padre de la víctima una reunión de jugadores anónimos, dice querer ser Al final del día quiero ser alguien que ha dado más de lo que tomado.



Y Brennan, cuando finalmente Alex Duffy le pregunta, la científica cede el paso a la mujer que escucha a su corazón: Eso es fácil —le responde—. Me gustaría ser la madre del mejor vendedor de coches del mundo.

El crédito de este gif es de jigsmave.tumblr

Y la cámara nos muestra a ella y Booth al final del día comprando coches de juguete en el concesionario de una muy feliz Christine.


Un gran documental American in Profille, un firme candidato este año al Emmy. ¿Qué no es un documental? ¿Qué es sólo un buen episodio de Bones? Tal vez, pero os olvidáis de algo muy querido para la doctora Brennan. Vivimos en un universo quántico, y es nuestra mirada, la mirada del espectador la que dota de realidad a todas las cosas… Recordad al gato de Schrödinger…