viernes, 4 de octubre de 2013

MASTERS OF SEX. EL DELEITE DE LA CIENCIA


Entre:
“— Voy a ser sincera contigo, pero solamente porque me caes bien y pareces realmente dedicado a tu proyecto (...), si realmente quieres aprender sobre sexo, vas a tener que conseguirte una mujer.
Y:
"— Deberíamos llevar a cabo la investigación nosotros mismos.
— ¿Tener sexo con los pacientes? Eso sí sería transferencia.
Deberíamos llevar a cabo la investigación el uno con el otro.

Transcurre una hora del excelente piloto, dirigido por John Madden (Shakaspeare in Love), de Master of Sex, la serie que la cadena Showtime, estrenó el 29 de septiembre en Estados Unidos y, en versión original subtitulada, emite en España Canal+2. Escrita por Michelle Ashford (The Pacific y la magnífica John Adams), es una adaptación del libro de Thomas Maier, “Masters of Sex, The Life and Times de William Masters y Virginia Johnson”.


La primera frase la pronuncia de Betty Di Mello (Annaleigh Ashford), una prostituta lesbiana que finge los orgasmos tan bien como cualquier otra mujer, y se la dice, entre eructos y tragos de cerveza, al hombre, que, con pajarita, gráficas y cronometro en mano, la interroga sobre la duración de su climax con un cliente.



 La siguiente la pronuncia ese mismo hombre, el doctor Williams Masters, reputado ginecólogo, experto en fertilidad humana, que trabaja en la Universidad de Washington en San Luis. El proyecto al que se refiere es la investigación sobre la Naturaleza de la Respuesta Sexual Humana y el tratamiento de los trastornos y disfunciones sexuales.  Un hombre generoso con su trabajo, dedicado en cuerpo y alma a sus pacientes y sin embargo, frío, imperturbable, terco e ignorante, muy ignorante en cuestiones de sexo.

Lo interpreta, espléndidamente el actor galés Michael  Sheen  (The Queen, Nixon contra Frost), aunque no fue el primer actor elegido para interpretarlo sino Paul Bettany quien dejó la serie durante el rodaje del piloto.


El Masters de Sheen resulta inquietante, su gran interpretación nos muestra a un hombre enigmático, en realidad a un cabronazo egoísta y reprimido. Cuando lanza su propuesta está sentado ante la mesa de su despacho, mirando con atención su cuaderno de notas, de refilón lanza una mirada a la mujer que está ante él, se frota las manos un instante y vuelve impertubable a enfrascarse en sus papeles, ajeno a la impresión que su propuesta ha podido provocar en ella. 


La proposición se la hace a su ayudante, Virginia Johnson, interpretada por Lizzy Caplan (New Girl, Despedida de soltera), una antigua cantante de cabaret, divorciada y madre de dos hijos. Mujer muy segura de sí misma; reconvertida, por sus ansias de sobreponerse a su clase y condición, en secretaria, asistente personal y ayudante de investigación del doctor. Y Virginia, Gini, queda anonadada con la extraña propuesta. Nada de lo sucedido hasta entonces entre ella y el doctor Masters le podría haber llevado a pensar que el doctor fuera a proponerle tal cosa.


Y la pregunta es: a cuenta de qué un científico, un hombre ambicioso, con una carrera y una reputación en juego, que quiere para su estudio la máxima credibilidad, fuerza los límites de la ciencia introduciendo una variable tan peligrosa como pueda ser una pasión amorosa, un lío extramatrimonial. ¿Elige el doctor a Gini como su ayudante por su capacidad de trabajo o sus conocimientos científicos?, o ¿por que fuera capaz de pasarse horas oyendo hablar de penes, vaginas y orgasmos sin que eso le impidiera mantener la cabeza en alto en la iglesia? ¿O fue por que, como le había sugerido Betty, necesitaba una mujer con la que aprender sobre el sexo, y a Virginia se la había descrito el doctor Haas (Nicholas D'Agosto), uno de sus discípulos, como una mujer liberal y sin prejuicios a la hora de practicar el sexo?



En ningún momento la fría mirada del doctor nos permite adivinar la respuesta. Así de retorcido es el doctor Masters. Porque además jamás reconocerá esta última posibilidad ni ante ella ni ante sí mismo. “Me di cuenta de que es la mejor manera de asegurar el proyecto”, añade a modo de justificación.

" — ¿Puedo pensármelo el fin de semana? —pregunta ella inquieta, buscando tiempo, un poco asustada.
— Por supuesto —responde el doctor sin levantar la mirada de los papeles."
Luego, ella coge su bolso y  con un lacónico “buenas noches” se marcha. El doctor vuelve la cabeza y contesta a la mujer cuando ya ha abandonado la habitación. Cuando se sabe solo, se quita las gafas, se lleva las manos al rostro, lo mantiene escondido unos instantes y suspira.



A la respuesta que Virginia le dará a la proposición, a su lucha entre decidirse a aceptar o rechazarla, a las ilusiones y esperanzas con que el doctor espera la respuesta se dedica el inquietante segundo episodio de la serie, tan bueno o mejor que el piloto. Y sea cual sea, lo que queda claro desde el principio es que no existen dos seres más opuestos y contradictorios que ellos dos. 
"— ¿Por qué fingiría una mujer el orgasmo? —Pregunta Masters a Virginia en otro momento del piloto.
— Para acelerar el climax de su pareja, para que acabe cuanto antes y poder dedicarse a lo que estuviera dedicándose antes de empezar a practicar sexo -le responde."


Él no lo sabía, aparentemente sabe tan poco de sexo como del amor o de cualquier emoción. La prueba, el helor del aséptico dormitorio del matrimonio. Oír a la señora Masters (Caitlin Fitzgerald) llamarlo Papi, cuando regresa del trabajo. Verle practicar sexo vestido con pajarita y camisa blanca, es todo un desafío. Pero además, hipócrita, miente a su mujer en lo más importante para ella. Su fertilidad. Él es quien dispara salvas, su recuento de espermatozoides está cercano al cero y sin embargo es ella, la inocente, a la que somete a penosos tratamientos de fertilidad inventados por él. Las escenas en el dormitorio conyugal son terribles, nada que ver con el cálido lecho de Gini 


Porque  Virginia, sí conoce su cuerpo, y disfruta de él;  y también conoce las emociones, las suyas y las de los hombres. Por experiencia ha aprendido lo que de impedimento para su crecimiento como ser humano implica el amor. Su relación con el doctor Hass, quien por primera vez en su cama disfruta del sexo en toda su grandeza, es una muestra evidente y dolorosa. Ella le descubre un mundo de sensaciones desconocidas mientras le ensaña a amarla y él, en cambio, le devuelve bofetadas, celos y recriminaciones. Porque, como todos, se cree el dueño de lo que por unos instantes le es permito poseer, porque no entiende que una mujer ni lo necesite ni quiera depender de él. Y de ahí la traición. Tanto la vendió que al doctor Marsters la deseó inmediatamente para él. Y la contrató.  



Y con Gini el proyecto se pone en marcha, a pesar de la reticencia del Decano de la Universidad, el doctor Scully (Beau Bridges). Es Gini con su don de gentes, con su conocimiento del ser humano, quien encuentra a Jane (Heléne Yorke), la primera mujer, no prostituta, que se presta al estudio entusiasmada por el reto, porque es algo grande para la ciencia. Es ella quien estrenará el Ulises, el vibrador de cristal transparente, ideado por Masters, dotado con una minicamara que en cuanto se inserta y se pone en funcionamiento permite al doctor, y al decano, comprobar, por primera vez como se comporta el cuerpo de una mujer durante el orgasmo. Su primer éxito. Luego llegará la necesidad de estudiar el comportamiento de las parejas, y ahí surge el primer escollo. El doctor Langham (Teddy Sears) se ofrece, es un don Juan, y machista confunde los términos de la relación con Jane.



Y es entonces, mientras Masters contempla a través de la ventana del laboratorio, a la pareja hacer el amor, mientras las máquinas, el electroencefalograma, le van transcribiendo las respuestas del cuerpo a la excitación y al orgasmo,  cuando dice "deberíamos practicar sexo el uno con el otro". Su única frase sincera en todo el piloto. 


 Lo cierto es que los reales Williams Masters y Virginia Johnson colaboraron durante años en los estudios sobre el comportamiento sexual de los seres humanos y lo hicieron en pie de igualdad, se casaron en 1971 y aunque al final discreparon abiertamente en las conclusiones, sobre todo en lo referente a la curación de las “desviaciones” sexuales y se llegaron a divorciar, su trabajo ha contribuido como ningún otro al conocimiento de la sexualidad humana, especialmente la femenina. 


Y  sí me ha encantado los dos capítulos que he visto de Masters of Sex, es una serie que narra con elegancia y sobriedad un tema tan escabroso como un estudio sobre la sexualidad humana. Y sí, hay escenas de sexo, que no resultan ni excesivas ni gratuitas. Pero sobre todo porque cuenta la historia de dos seres humanos, un hombre y una mujer totalmente dispares empeñados en conseguir cada uno su propia ambición. 

Y no me cabe duda de que, parafraseando a William Blake, los pájaros del deleite rondan a Masters y Johnson y a nosotros también con lo que nos deparará en el futuro Masters of Sex, una serie donde la vida importa.