lunes, 8 de junio de 2015

Bones. Reseña The Life in the Light (10.21) De los monstruos y las princesas.


“No se puede tener lo de hoy y lo de ayer, no se puede a la vez ser quien se ha sido y quien se es. Hay que escoger. La felicidad ha de ser una. No puedes tener el sol... y la luna.”
 Ch. F. Ramuz

Y como vino se fue, de repente. Lo que empezó como una razia devastadora que hizo crujir el armazón de Bones, que amenazó con arrancar de cuajo los cimientos de la serie que durante diez años habíamos amado, se diluyó; como tormenta de primavera una vez descargada su furia, las nubes se dispersaron, en el cielo el sol brilló y las casas, las calles y las aceras recuperaron su esplendor. Porque al final resultó que como en los cuentos de hadas sí era suficiente el amor, que como en los cuentos modernos las princesas aman a los monstruos, que siempre están dispuestas para el abrazo salvador y sin más explicación que el principio de incertidumbre.



Y podemos echarle imaginación y contarnos la historia una y mil veces de manera distinta, contarnos la historia del viejo soldado dolorido a quien de repente la euforia le incita a recaer en el viejo vicio, a traicionarse a sí mismo, a traicionar a su amor y volver a los días de miseria y perdición: “No, no juego”. “Lo que sucedió fue sólo un error, sólo fue una apuesta. Déjame arreglarlo, por favor, lo siento”. “No. No te miento. Estoy hecho un desastre, no pensaba, escucha, mírame… te amo”. Pero las historias de soldados no suelen terminar bien, no hace falta recordar lo que pasó al Soldadito de plomo, los hay incapaces de abandonar la batalla, de limpiar sus manos de sangre, de derrotar al monstruo y terminan sus días pudriéndose en el infierno, vagando por los callejones, durmiendo cubiertos por cajas de cartón, alimentándose de vino barato, fundidos por las llamas de un amor ya olvidado.



O contarnos la historia de la princesa temerosa, de la madre coraje, que ante la mentira y la traición se olvida del amor, de su amor, y huyendo del problema, olvidando sus compromisos destierra al viejo soldado, abandonándolo a la desesperanza “Necesito que me digas la verdad, porque sin la verdad no tenemos nada” “Necesito que te vayas”. “No, no lo fue. ¿Por qué sigues mintiéndome?”. “No te creo, ya no”. Las hay incrédulas, las hay que se atrincheran en el rencor, que en su arrogancia dejan pudrirse el viejo amor y terminan, olvidada la felicidad que un día habitó su casa, abonadas al sexo ocasional como linimento contra la soledad.
  


Cualquier historia sería válida y al final falsa porque la verdadera historia sólo es la que Stephen Nathan, el productor ejecutivo de Bones, ha contado. La recaída en el juego de Booth, la respuesta dura de Brennan sólo eran un recurso argumental necesario para agitar las aguas estancadas de la poza, para salvar una temporada no especialmente brillante. Y en ese contexto todo vale. Y como era de razón, porque después de todo no quería suicidarse televisivamente hablando, la historia tenía que tener un final feliz, porque las segundas oportunidades existen, porque al final tanto en la vida como en los cuentos todo es cuestión de fe, no de empirismos y racionalizaciones y "el verdadero amor siempre triunfa".


Y sí Booth comenzó a solucionar su problema cuando se atrevió a mirar al monstruo que llevaba dentro de sí, cuando se levantó y se lo dejó ver a sus compañeros de vicio, el de Brennan entró en vías de solución cuando presenció el abrazo salvador que recibía el monstruo moribundo de su princesita, cuando se sintió perdida ante una pregunta, un suspiro y una carita de desilusión, “¿No puede quedarse, papá…, por favor?, le preguntó su hija.


Cuando al darse cuenta de que su respuesta fuera la que fuera sería equivocada se quedó sin habla y aceptó el generoso regalo de Booth, “Sabes, cariño, tengo que asistir a una reunión, es muy  importante”, le respondió Booth a Christine. Cuando presenció que para el monstruo, con ser importante, ninguna reunión lo era tanto como para alejarle de allí sin renovados abrazos, que para su princesita ninguna mentira sería tan odiosa como para dejar de dárselos.



Ya entonces amainó el viento y comenzó a caer una lluvia mansa, iniciándose lo que mi amiga Consuelo ha llamado el cortejo, es cierto, Consuelo, desde ese momento casi parecen dos palomos en arrullo: “Echo de menos tus palabras graciosas, Bones. Graciosas y divertidas, graciosas y peculiares.” En un precavido arrullo, porque aún no se vislumbra en el horizonte  la cúpula del arco iris: “Me alegro de que hayas venido hoy,  Bones, eso es todo”. Pero es mucho, porque Brennan, aunque esboza una media sonrisa, le responde “Somos compañeros. Tenemos un caso que resolver”. Y aunque mira al frente debemos comprender que pronto dejará de llover. 

Sin embargo es en la escena del Royal Diner dónde el final feliz se vislumbra por primera vez. De justicia era, como en su día lo fue que la escena de la redención comenzase en la  sala de interrogatorios, que en el diner ambos se reconocieran de nuevo, que se vieran como eran cuando que se enamoraron perdidamente el uno del otro. Y fue hermoso ver a los novios que fijas las miradas en el otro, olvidaron las agrías de quienes celosos no estaban invitados a su mesa. Verles utilizar su código secreto inventado a lo largo de tantos años juntos, verles reírse,  arrullarse como dos tórtolos con sus tonterías.



“Es imposible que el testimonio de un tomate se sostenga ante un tribunal”, dice ella. “Esa es buena, Bones, está mejorando en eso”, dice él y  ella se esponja y sonríe como si no hubiera sucedido nada, como si aquella cena no fuera una cita sino la de un día cualquiera y terminada regresaran juntos a su hogar. Y les sucede lo que a los recién enamorados que no sienten pasar el tiempo mientras están juntos.


Y perdida la noción del tiempo, qué de extraño es que se pierda también el recuerdo del daño, que ella le confiese que algún día le gustaría vivir bajo las reglas de su física Y él que las caza al vuelo, pero es más consciente en ese instante de todo el trabajo que le espera, no pueda evitar decir “Algún día lo harás, pronto.  Muy pronto”. Porque aunque la lluvia hubiese escampado aún le quedaban asuntos por resolver, barro por recoger, pus que drenar.



A veces es preciso engañarnos para que no nos engañemos. Y Brennan como cualquier personaje de ficción tiene derecho a contarse la historia a su manera, a salvar su credibilidad, a ocultar sus errores. Porque Brennan comenzó a darse cuenta de lo que realmente había hecho, del daño que aquel “Vete”, le estaba haciendo a sí misma, cuando después de recibir la llamada del padrino de Booth sobre cuál era su tarta favorita, (en realidad una invitación encubierta, una encerrona a Booth), cuando después de saber que van a celebrar los 30 días de sobriedad de su marido, se da cuenta, por la indiscreción de Cam, de que con ser un hito importante en la redención, ha sido excluida de la celebración. ¿Por qué Booth no me querría allí?, Esto me ha afectado a mí tanto como a Booth, dice inocente. ¿De verdad una mujer tan inteligente como ella no lo sabe?


Al principio, desde luego no, no lo sabe la mujer enfadada y arrogante que se vuelve a encerrar en sus huesos y en sí misma. Es como si no conociera a Booth, como si no supiera nada de la vida, como si no supiera que él, cualquier hombre, cualquier mujer caídos, necesitan mantener una pizca de dignidad ante la persona a la que aman, ante la que los ama; que nunca les dejarán ver el verdadero rostro del monstruo, porque ningún amor, por muy verdadero que sea, lo soportaría y por eso ante su presencia en la reunión de Jugadores Anónimos, Booth que agradecía su apoyo a  los demás monstruos, acaba su discurso. Por eso le dice que no la ha invitado, porque aquello no tenía ninguna importancia, que sólo era una excusa para que su padrino coma tarta porque treinta días no es nada en el largo, largo camino que a él aún le queda por recorrer.


 Y la historia que tan brillantemente nos mostró el camino que llevó a Booth a iniciar la senda de la salvación en The Woman in the Whirlpool, nos oculta sin embargo, pudorosa, el camino que ha recorrido la mujer que una vez dijo “Bien por ti”, el que la  ha llevado a rectificarle: “No, Booth, NOSOTROS tenemos un largo camino que recorrer. ¿La soledad de su casa, el saber que cuando abra la puerta no habrá ningún monstruo pidiéndole un abrazo, ni un beso esperándola ni un helado de coco en el frigorífico que ella no haya comprado? ¿Qué lleva a la mujer que dijo “Vete”, sin condiciones, a decir, ahora ”Comparto este desafío contigo”,  a pedir su alícuota en las victorias. Pero rectificado el error está por demás pedirle explicaciones.


Y habría mucho más que hablar, por ejemplo de hasta qué punto le influye en su rectificación la despedida de Angela, de la misma decisión de Angela y Hodgins de dejar el Jeffersonian, otro recurso argumental necesario para crear el cliff, que no cliffhanger del final de temporada (lo he comentado en este otro post). Dar muchas más explicaciones de lo que sucede en el episodio, que con siendo bueno no es tan brillante como lo fueron los tres anteriores en los que se trató directamente el problema del juego, a pesar de estar dirigido por Randy Zisk, el nuevo productor ejecutivo que en la temporada once se encargará de la coordinación de los directores.

Y no lo ha sido tal vez porque el caso de la semana no ha estado tan incardinado en la trama principal como en los otros dos anteriores. Y así  parece como si la muerte de Micah Stanbow fuese un crimen más, un caso rutinario cuando realmente no lo es. Es cierto que no ha servido de espejo de reflexión, pero eso ha sido porque la muerte injusta del viejo guerrero herido, del hombre que olvidando la violencia en la que había vivido, acogiéndose a la segunda oportunidad que le dio la vida se reconvirtió en hombre compasivo y generoso sólo pretendía ser una demostración de que a pesar de todo, a pesar de la redención nada hay seguro en esta vida, porque a pesar de cambiar, la irá que creyó desterrada terminó alcanzándole.


Porque todo ello, con ser necesario para hacernos más amena la historia, palidece ante la demostración que nos aguarda de que el amor verdadero aunque pudiera ser a veces, traidor, a veces leal, a veces esquivo, aunque a veces te lleve, a dar la vida y el alma en un desengaño, al final prevalece. Y aunque esta historia jamás debió ser contada, aunque se echan de menos muchas cosas, aunque parezca un final precipitado y se olviden de las huellas que en el alma deja un suceso tan doloroso, cuando llega la última escena todos sabemos que asistiremos, como no podía dejar de ser, al triunfo del verdadero amor, que no otra cosa es, el amor de Brennan y Booth.


 Y aunque nosotros lo esperábamos no le sucedía lo mismo a Booth, quien a pesar del cortejo y la propuestas de compartir desafíos, cuando Brennan comienza a hilvanar su particular discurso de rendición, aún no tenía seguro su situación.



Ni el discurso, ni el diálogo son memorables, pero a quién le importa ya. Y aunque Brennan al principio mantenga las bondades de su decisión de expulsarle de su hogar, aunque aún siga creyendo que sólo eso le motivó para enfrentar al monstruo, aunque retóricamente le pregunte ¿Qué te mantendrá motivado cuando vuelvas?



Y Booth le responda: “Que no tengo una segunda oportunidad si lo arruino de nuevo”, todos sabemos, que eso, en esos momentos de la noche, no importa, no ahora, no aquí. Porque Brennan una vez más como si la crisis sólo hubiera sido una crisis de crecimiento, ha aprendido una cosa…


…a aceptar que aunque la parte racional de su mente necesite saber que eso es verdad, estadísticamente sabe que es un imposible porque La vida es esencialmente incierta.


“No hay garantías” le responde un apesadumbrado Booth que aún no ha sido capaz de adivinar que su camino de espinas está llegando a su fin. Y  Brennan continua diciendoSi tratamos de estar seguros antes de actuar, nunca actuamos". Pero Booth que es un viejo soldado y los discursos y las filosofías le quedan muy a trasmano, necesita concisas explicaciones.


Y Brennan, respirando profundamente, con la voz estrangulada por la emoción le diceTengo fe en ti, Boothy dejando escapar la pasión tanto tiempo contenida le cuenta a su marido, a su amor, cual es el deseo más profundo de su corazón. “Creo que deberías pasar la noche conmigo”. 


Una proposición que él nunca, nunca rechazará.“Yo también creo que debería” responde mientras se le escapa una sonrisa y respirando hondo, con ternura da un paso hacia ella, la rodea con sus brazos y la besa y la princesa, dichosa, sin miedo, se entrega de nuevo a su amor.



Y mientras la cámara se aleja, ellos se besan y seguirán y seguirán haciéndolo hasta que otro recurso narrativo los separe, pero no será esa noche, porque llegada la hora el director ordena fundir  a negro.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado, y aunque no nos han dicho “Eso es todo amigos” porque aún queda otro episodio, sabemos que la historia de la recaída de Booth en la adicción al juego, a pesar de ser un cuento de monstruos, ha acabado como siempre lo hicieron los cuentos de hadas con un comieron perdices y a nosotros que polemizamos, que discutimos sin tino sobre veleidades y adicciones sólo nos dieron con las plumas en las narices. ¿A qué os ha gustado?