sábado, 14 de mayo de 2016

Bones. Reseña The Fight in the Fixer (11.15) De padres e hijos.


Visto lo visto, parece que en el ensimismamiento en el que ha entrado últimamente Bones, a The Fight in the Fixer  le ha tocado caminar tras la sombra de Bones10, concretamente de los episodios The Geek in the Guck (10.04) y The Money Marker on the Merry-go-round (10.07).  Y así parece lógico que de la discusión de Booth y Brennan sobre el colegio al que debería asistir su hija (10.04) lleguemos a la agradable sorpresa de sus primeras notas; del descubrimiento de la huida a Croacia del padre estafador de Aubrey (10.07) a conocer su regreso a D.C; del doctor Wells como un grano en el culo de Brennan (10.07) a que ella le declare el mejor antropólogo forense del Jeffersonian. No, no esto último carece de toda lógica.



Pero hay más, en The Fight in the Fixer asistimos inesperadamente a la recuperación del viejo, viejo doctor Hodgins. El hombre, enamorado, intenta compensar a Angela por su cruel comportamiento con regalos; y digo viejo, viejo, porque parece que no sólo sus piernas estuvieran paralizadas sino también su intelecto. Como si después de diez años juntos y las lecciones recibidas siguiera sin conocer a su mujer, como si amnésico se hubiera olvidado del Angelicus Montenegris o como si Joe Hortua, el guionista del episodio,  no hubiera oído hablar de él, en mi opinión más lo segundo que lo primero.



Y más, porque en The Fight in the Fixer, y gracias a la intervención de Karen Delfs, la analista del comportamiento, se han puesto los mimbres para que la historia de Aubrey termine pareciéndose a una tragedia griega, no será “Edipo Rey”, pero se le asemejará en la metáfora. Porque de eso va el por momentos divertido episodio, de padres e hijos, de trampas, chantajes y  forúnculos en el culo, claro.

ROSA BLANCA+ ROSA ROJA= ROSA ROSA



Pero lo mejor será empezar por el principio. Y el principio no es otro, ya que hablamos de la Grecia Clásica, que Anaxagoras (con perdón) y su teoría de la mezcla perfecta de las sangres. Al igual que el cruce entre una rosa roja y una rosa blanca produce una rosa rosa; la mezcla de los reflejos y la fuerza física de Booth con el intelecto racional de Brennan ha producido un genio veloz como una pulga: Christine Booth. Y ante la constatación de lo esperado vemos como Booth y Brennan caen victimas del orgullo paterno también conocido como síndrome de la caída de baba.
  
Y en realidad no es para menos, el primer boletín de notas de Christine, al que expectantes y preocupados se enfrentan Booth y Brennan (no en vano es el resultado del primer escrutinio ajeno y por tanto objetivo de las potencialidades de su retoño), está plagado de E+ (la nota más alta posible). E+ en matemáticas, E+ en educación física.


 —Eso es algo que nunca conseguí —dice Brennan y no parece importarle que su hija supere sus marcas.

 Un relámpago. Rápida de reflejos como su padre. Rápida como una pulga — concreta Booth satisfecho de que su aportación genética se vea corroborada.


Y ante la evidente mezcla perfecta de ambos que la niña está resultando, Booth se preocupa por su nota en ortografía, él era malo en ortografía “Gracias a dios  por los ordenadores, yo  ni siquiera podía deletrear la palabra ortografía…” le cuenta a Brennan y cuando ella inocente se conduele por su fracaso, se encuentra con que “Es una broma”. No será la única vez en que la doctora peque de inocente en el episodio. Pero también en ortografía Christine obtuvo un E+, en realidad en todas las materias.



Brennan está tan feliz que ni siquiera enterarse de que la policía local le va a llevar un cadáver al laboratorio le va a amargar el día y sonriente, pero sobre todo orgullosa, muy orgullosa, aunque pudorosa baje la voz, al exclamar:

—¡¡Nuestra hija es un genio!!
— E+ —apostilla Booth.



Y como dos críos que ganaran un partido difícil los progenitores de Christine Booth chocan sus manos. No saben que sólo acaban de ganar el salto inicial. Ni que el resto del partido se juegue en el Jeffersonian ni que Brennan terminará perdiéndolo.

“LOS MEJORES AMIGOS DE LAS MUJERES SON LOS DIAMANTES.” 





Eso decía Marilyn Monroe, yo creo que se equivocaba, y por lo visto Angela también lo cree, aunque su marido piensa que está en lo cierto.

Cuando en la plataforma del Jeffersonian el equipo, en compañía del doctor Wells, “ese tipo torpe, alto, que a nadie le gusta, según descripción de Booth, está examinando los restos del cadáver congelado que la policía ha rescatado del río Potomac, Cam se queda boquiabierta al descubrir la pulsera de diamantes que Angela luce en su brazo:

— No estoy segura de quién tiene más hielo encima si tú o la víctima —le dice admirada.



 Se la compré a Angie en un intento desesperado por disculparme por lo idiota que me he comportado últimamente —le explica Hodgins.

La expresión del rostro de Angela no deja lugar a dudas de lo innecesario del gesto. Ella está feliz con que esté intentando ser el mismo de siempre. Al menos del dormitorio para afuera, porque según le cuenta a Cam no han vuelto a hacer el amor desde la explosión. El consejo no puede ser otro que darle tiempo al tiempo. Pero mientras tanto, Hodgins, sabedor de cuánto tiene que hacerse perdonar completa el conjunto y le regala un collar de diamantes.



Y digo yo, que ya que ahora está todo vendido, que ya que Fox no tiene inconvenientes en la serialización de las tramas, alguien podría haber repasado The Bikini in the Soupe (6.14) y no hacer, ahora que va en silla de ruedas, tropezar al doctor Hodgins en la misma piedra, sobre todo porque entonces quedó claro que para mostrar el regalo que Angela era para él, sobraban pendientes de esmeraldas y jarrones egipcios para lágrimas de más de cuatro mil años, que para demostrarle a Angela su amor, para convencerla, basta con un sentido poema de Walt Wihtman y un hongo que oliese a rosas, creado por él: AngelicusMontenegris. Pero Joe Hortua no estaba por entonces y Peterson que si lo estaba debía de andar en otras ocupaciones.



Aunque tal vez entonces nos hubiéramos perdido el brindis en el Founding Father y  la felicidad de Cam, esta sí, amiga de los diamantes, luciendo en su cuello y en su muñeca las joyas de Angela, es un prestamo, claro, ya se las devolverá cuando Hodgins vuelva a ser el de antes, o al menos a sacar a Angela durante tres semanas de casa. 



Con todo lo importante es ver cómo el doctor Hodgins avanza hacia su recuperación, como vuelven los experimentos, lo feliz que se siente al utilizar a smaug, su bebé que respira fuego, para deshelar el polo de hielo que es el cadáver de la víctima en uno, dos, tres segundos. Aunque…


EL SOLUCIONADOR SOLUCIONADO



... Aunque cuando termine la fundición él y Wells aparezcan algo chamuscados y con los pelos de punta, "Jo, jo, jo", se ríe la doctora Brennan. “Bien hecho doctor Hodgins  eres el Rey del  Laboratorio una vez más.”  le dice y sale corriendo para poder reírse a gusto, seguro.

Luego, Angela hace su magia con el Angelatron y un tatuaje de mujer y, voila, la víctima era Frank Kwietowski un detective privado solucionador de crisis de famosos, más parecido a Anthony Pellicano (el detective real condenado en 2008 a diez años de prisión por chantajear a gente para solucionar los problemas de algunas estrellas de Hollywood) que a Olivia Pope, la protagonista de la serie “Scandal” de la ABC, aunque igual que ella le gustara vestir bien.

Un tipo duro y sin escrúpulos el tal Frank, con una larga lista de amigos y enemigos. Y para nuestra sorpresa conocido de Aubrey, sí de un agente Aubrey  que recuerda que su padre tenía negocios con él. Dejémoslo por ahora, los prolegómenos de la tragedia griega que tienen preparada para Aubrey merece comentario aparte.



En la lista de sospechosos aparecen desde mafiosos de medio pelo con apariencia de Neenderthal a los que arruinó la vida, hasta multimillonarios como Abraham Froome, quien le contrató para recuperar una cinta de vídeo con la que lo estaban chantajeando, o pagaba dos millones de dólares o todo el mundo podría verlo luciendo pañal en compañía de dos calientes nodrizas.



Booth y Brennan descubren al chantajista convertido en un pitufo morado. Frank no sólo le robó la cinta sino que a punta de pistola lo obligó a meterse en la bañera llena de tinte robándole el teléfono móvil. Pero Frank no era ningún bromista ni un alma benévola y lo que hizo a continuación terminó  costándole la vida. Le mintió al multimillonario y fingió una agresión. Le dijo que el chantajista estaba loco, que le había pegado una paliza y que lo mejor era pagarle. Cobró  en metálico y se quedó con los dos millones.


Y llegados a este punto ¿quién le mató? Quien quería solucionar para siempre su propia crisis. Kerry, su ayudante y  al decir de ella “dulce” amante, sólo que a Booth no se lo cuela. ¿Recordáis el refrán que dice Dios los cría y ellos se juntan? Pues eso mismo. Si malo era Frank mala era Kerry quien para quedarse con los millones y el negocio le golpeó la cabeza contra el lavabo del baño de la oficina. Que hiciera chantaje a sus antiguos clientes para que le sirvieran de coartada no le sirve de nada. Una vez arrestada se le acabó el chollo y ante Booth cantan.


NUNCA DIGAS QUE NO A UNA PSIQUIATRA CUANDO QUIERE TOMAR CAFÉ CONTIGO…


Y no porque como dice Booth si le dices que sí “De que te des cuenta  el café se convierta en comida, la comida en cena y luego las velas continuarán prendidas toda lo noche. Sino porque de que te estará psicoanalizando a todas horas.

Es lo que le sucede al agente especial del FBI James Aubrey. Lo cierto es que a la mañana, cuando con Booth examina en el despacho las fotografías del cadáver, se presenta Karen Delfs, quien a su mano aturullado termina pidiéndole una cita. Tan aturulladamente que Booth tiene que ejercer de traductor simultaneo. Y Aubrey que al principio titubea, creo que por lo inesperado de la proposición, dice, sí.



Luego rectifica, está saliendo con otra persona. En buena hora, porque cuando en el coche se dirijan al despacho de la víctima, descubre que Karen no sólo se ha leído su expediente sino que lo ha analizado “Tienes profundos problemas paternos filiales” “Te convertiste en policía porque tu padre era un mentiroso patológico”. No, se hizo policía porque era curioso, le explica, pero como si oyese llover.

Resulta que el padre de Aubrey no sólo era mentiroso sino también despreocupado porque se llevaba a su curioso hijo a las charlas reservadas al despacho de Frank. Y por eso, cuando en ese mismo despacho, Kerry, la ayudante les entregue los archivos Aubrey se burle, y para sorpresa de Karen y nuestra utilizando un mecanismo secreto que vio utilizar a Frank cuando era niño acceden al meollo del negocio, a los arreglos del solucionador.


Y al analizar esos expedientes en el FBI no sólo encuentran los de los posibles sospechosos de la muerte de Frank sino, precisamente el del padre de Aubrey. Del que Aubrey a pesar de la insistencia de Karen durante todo el episodio no quiere saber nada. Hasta que al final se presente en el Founding Father para entregárselo. Debe leerlo no sólo se trata del pasado, su padre ha vuelto a Washington y había pedido a Frank que lo vigilara. Lagarto, lagarto…
Ah, por cierto, a Karen la han trasladado a Kansas City, Aubrey y nosotros nos hemos librado de ella.

ANTES DE PERMITIR QUE UNA SABANDIJA TE GANE UNA APUESTA LLAMA A LA PROFESORA.


De poco le ha servido su inteligencia a la doctora Brennan en este episodio; su amor por su hija, su confianza ciega en la ciencia y su arrogancia se han unido en su contra. El caso es que a esta Brennan que no consiente que la actuación de la policía municipal le amargue el día consiente que la ponzoña que una sabandija como el doctor Wells destila en sus oídos la convierta en una perdedora. A ella.



Porque Wells se cobra venganza. En su afán por superarla como la mejor antropólogo forense, Brennan le ha derrotado una y otra vez, científicamente también lo hace en este caso. Ella es quien encuentra la prueba definitiva que a él se le paso. Pero… los malvados siempre andan maquinando con aviesas intenciones.



Y ante el boletín de notas de Christine deja caer que él también recibió las máximas calificaciones en primer grado, claro que entonces la exigencia era mucho más alta. Y Brennan pica ¿Qué quiere decir eso de que la exigencia era más alta? Y Wells, mezquino, critica el E+ que Christine ha recibido en expresión artística, el coloreado está mal, las líneas, difusas; y hasta sus habilidades matemáticas, la mujer o lo que sea que haya dibujado tiene “catorce dedos”.

Y no se queda sólo en las palabras sino que ruin engaña a Hodgins para que le dé su opinión sobre el trazo que cruza la raya horizontal del E+, y el inocente Hodgins le confirma sus sospechas, el trazo parece hecho con tinta diferente, algún diablillo hizo trampa.



Mi hija no hizo trampa —le responde Brennan categórica.

Por supuesto Brennan no lo cree, pero no puede soportar, como madre, que alguien ponga en duda el comportamiento de Christine. Ella  no lo ha hecho y la ciencia lo demostrará. Y no importa que Booth se escandalice ante su decisión de que Hodgins analice la tinta, de que segura del resultado se haya dejado engatusar por Wells y haya hecho una apuesta. Es divertido, y no va a perder.

Eso es lo que dicen siempre los adictos—, le recuerda Booth.



Pero la ciencia es ciencia, sólo muestra los hechos objetivos y según Hodgins la línea vertical del + está hecha con una tinta diferente a la horizontal. Brennan pierde la apuesta.



Y a la noche, en su hogar, Booth  se ríe cuando se entera que ha perdido la apuesta y ha tenido que grabar un mensaje en el buzón de voz del doctor Wells. 

Es humillante aunque tiene que pagar. Booth lo lee:


Hola. Ha llamado al buzón de voz del doctor Oliver Wells, el antropólogo forense más brillante de la historia del Jeffersonian.” 


En verdad humillante. No tiene que hacerlo, le advierte. Brennan protesta, científicamente se ha demostrado. Se equivoca, se ha demostrado que las tintas eran distintas, también la de la firma de la profesora. 



Y no, Christine no falsificó la firma. A la profesora se le acabó la tinta cogió otro bolígrafo para terminar de rellenar el boletín, quería darle un E+ en expresión artística, le cuenta Booth. Había hablado con la profesora.



— ¡Lo sabía! Lo sabía. ¡Lo sabía! —grita entusiasmada Brennan. Y cuando Booth burlándose le dice que su ciencia es una tontería ella reconoce que ella fue quien se equivocó.


Y  de inmediato  llama al doctor Wells, tiene que cambiar el buzón de voz. 



Sólo que cuando el buzón salta, Brennan lo escucha y se admira de la “sonoridad” de su voz. Booth le pide que lo pase rápido y ella dice que no.



—Pásalo.
—No.


—Pásalo
—Que no.


Y así seguirán discutiendo hasta que algún día nos digan adiós.